Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

sábado, 1 de diciembre de 2012

Significado del Adviento



Estamos a punto de comenzar el tiempo de Adviento. Pero, para nuestra sociedad de consumo, hace tiempo que ya estamos en Navidad. De hecho, a partir de octubre ya se pueden ver adornos navideños en los comercios, tanto en los países de tradición cristiana como en los de Oriente Medio, Japón o China. 

Numerosas páginas de internet recogen fotografías y comentan las costumbres que han surgido en estos países durante los últimos años en torno a la Navidad: conciertos de música clásica, cenas para enamorados en restaurantes occidentales, Christmas Cake para el cumpleaños de Santa Claus, etc. 

Las películas de Hollywood han extendido una identificación de este tiempo con las decoraciones espectaculares, los conciertos benéficos, los personajes de la factoría Disney, el intercambio de regalos y los buenos sentimientos, acompañados por algún gesto de caridad, pero sin referencias religiosas explícitas. 

Para muchos, estas fiestas han perdido su identidad cristiana y se han convertido en unas meras vacaciones de invierno.

Pero no debemos fijarnos solo en lo negativo, las características de estas fechas, con su valoración de la vida familiar, de la inocencia de los niños, de los deseos de paz y reconciliación pueden ser también la manifestación de que, en medio de un mundo incrédulo, perviven algunos valores evangélicos. 

Ciertamente, la Navidad no puede reducirse a un cuento para niños ni consiste en un regreso a la inocencia perdida de la infancia, como parecen sugerir las películas que se proyectan en esas fechas. Al menos para los creyentes.

Si la Navidad ha sufrido una transformación tan grande, el Adviento ha desaparecido para la mayoría de nuestros contemporáneos, devorado por unas fiestas de fin de año que cada vez se adelantan y descristianizan más. 

Hasta el punto de que la misma palabra Adviento se ha vuelto extraña para la mayoría. Es importante recordar que el Adviento no consiste en la preparación para la fiesta del cumpleaños de Jesús. Tampoco es una mera evocación de las esperanzas del antiguo Israel.

La palabra latina adventus traduce el término griego parusía, que originalmente significaba presencia, llegada, y se utilizaba con varios sentidos. 

En primer lugar, designaban la manifestación poderosa de un dios a sus fieles, por medio de un milagro o de una ceremonia religiosa. En el ámbito civil, indicaban la primera visita oficial a la corte de un personaje importante (un embajador de otro reino, por ejemplo), con la ceremonia en que tomaba posesión de su cargo y los posteriores festejos. 

También se usaban para referirse a la visita solemne del emperador a una ciudad, con todo lo que conllevaba: reparto de regalos, banquetes, indultos, etc. De hecho, en unas excavaciones arqueológicas en Corinto aparecieron unas monedas con una inscripción que recuerda la visita de Nerón a la ciudad, denominada Adventus Augusti, y el Cronógrafo del 354 (un calendario de piedra) designa la coronación de Constantino como el Adventus Divi

Como la vida religiosa y la civil estaban totalmente unidas, con la llegada del rey se celebraba la epifanía de un dios en el monarca.

Los Santos Padres de la Iglesia comprendieron que hay una relación profunda entre los deseos de salvación que caracterizaban al mundo grecorromano y el mensaje cristiano. 

Si los pueblos deseaban la cercanía de sus dioses, sin conseguirla, en un tiempo y en un lugar concretos se ha producido el verdadero adviento, la parusía, la epifanía de Dios. El Hijo de Dios ha entrado en nuestra historia y ha revelado su misterio, hasta entonces inalcanzable para el hombre. 

En Cristo, Dios ha dado respuesta a la larga búsqueda de los filósofos y de los hombres religiosos de todos los tiempos. De alguna manera, Dios mismo sembró en ellos los deseos de encontrarlo, y los ha satisfecho: «Es conmovedor comprobar cómo ya la humanidad anterior a Cristo vivía anhelando la venida del verdadero Salvador [...] Con los nombres de Adviento, Parusía, Epifanía y otros por el estilo, ofrecía la antigüedad pagana el cuerpo de palabras más apropiadas al milagro de la verdadera manifestación de Dios entre los cristianos, y la Iglesia no vaciló en llenar estos recipientes preparados por el paganismo, al cual guiaba la providencia de Dios, con la verdad que ansiaban» (Emiliana Löhr).

Esto no significa que el cristianismo sea únicamente la respuesta a las esperanzas de las religiones antiguas, ni aun a sus aspiraciones más nobles, ya que Jesucristo supera cualquier expectativa humana. 

De hecho, el hombre no sabe cuáles deben ser sus aspiraciones, aquéllas que responden al fin para el que fue creado. San Pablo llega a decir que no sabemos lo que nos conviene (cf. Rom 8,26). Y añade que hemos descubierto el eterno proyecto de Dios sobre el hombre, solo porque Cristo lo ha revelado (cf. Ef 1,3-13). Hasta entonces, ese plan permanecía escondido. 

Aunque el helenismo aceptaba las categorías de venida, aparición o manifestación de lo divino, nunca habría podido aceptar una encarnación de Dios, concebido como un ser totalmente trascendente e incompatible con la materia. El proyecto de Dios, que se ha revelado en Cristo, supera todos los pensamientos humanos (cf. 1Cor 2,9). 

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