Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

sábado, 13 de abril de 2013

La pesca milagrosa


El evangelio del tercer domingo de Pascua recoge la manifestación de Jesús resucitado a sus discípulos junto al lago de Genesaret (Jn 21,1-14).

El Señor se hace presente a los discípulos que están desorientados pero, a pesar de todo, conservan cierta unidad entre ellos. El desánimo sugirió a cada uno volver a sus quehaceres, buscando una seguridad personal y abandonando la empresa común, pero mantuvieron las relaciones. Se ayudan en lo material, colaborando en los trabajos de la pesca, aunque con poco éxito. 

En esta escena encontramos los amigos de la primera hora, con los que Jesús inició su aventura (Pedro, Tomás, Natanael, los hijos del Zebedeo y otros dos). El primero de la lista es Pedro. Dato importante para la comunidad, que tiene que madurar la disponibilidad a la colaboración en torno a Pedro para vencer las dificultades del momento.

Aunque la noche sea larga, aunque el trabajo parezca pesado y sin fruto, aun cuando el tiempo triste le sugiera a cada uno irse a su casa, sigue siendo necesaria la colaboración de todos. En esta perseverancia común, en la fatiga aceptada conjuntamente, la presencia del Señor, que parecía perdida, vuelve a manifestarse. El Señor se hace presente por la mañana, aunque bien podía haber estado toda la noche entre ellos, sin que se dieran cuenta.

El texto recuerda a la Iglesia que el Señor siempre está cerca, como compañero y amigo generoso. Hay que obedecer siempre a su palabra, abriendo los ojos del corazón para descubrirle. Jesús se manifiesta con tres signos complementarios:

En primer lugar, premia con su presencia la constancia de quienes han perseverado unidos, en grupo, a pesar de las dificultades.

En segundo lugar, premia con una pesca abundante el esfuerzo de quienes siguen sus indicaciones, aunque no las terminen de comprender; en contraste con su largo e infructuoso trabajo nocturno.

En tercer lugar, se manifiesta a los suyos con su acostumbrada benignidad y amistad, como quien siempre sale al encuentro, reparando nuestras fuerzas, sirviéndonos, ofreciéndonos el alimento que necesitan nuestros cuerpos cansados.

4 comentarios:

  1. Amo Señor tus sendas

    Amo Señor tu sendas, y me es suave la carga
    Que en mis hombros pusiste;
    Pero a veces encuentro que la jornada es larga,
    Que el cielo ante mis ojos de tinieblas se viste,
    Que el agua del camino es amarga, es amarga,
    Que se enfría este ardiente corazón que me diste;
    Y una sombría y honda desolación me embarga,
    Y siento el alma triste y hasta la muerte triste...

    El espíritu es débil y la carne cobarde,
    Lo mismo que el cansado labriego, por la tarde,
    De la dura fatiga quisiera reposar...

    Más entonces me miras... y se llena de estrellas,
    Señor, la oscura noche; y detrás de tus huellas,
    Con la cruz que llevaste, me es dulce caminar

    Blanco Vega

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    1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  2. Entonces seamos Todos uno en aquel que nos amo hasta la muerte y muerte en Cruz.

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