Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

martes, 27 de septiembre de 2016

Santa Teresita y «La leyenda del santo bebedor»


El 1 de octubre se celebra la fiesta de santa Teresita del Niño Jesús y de la santa Faz (santa Teresa de Lisieux). Como preparación, dedicaremos las próximas entradas a tratar de su figura y su mensaje. Ya he hablado de ella y escrito sobre ella en otras ocasiones, por lo que forzosamente me repetiré en muchas de las cosas que aquí diré (Pueden ver todas las entradas aquí).

Estamos hablando de una joven muy conocida y admirada. No es una actriz de Hollywood y sin embargo tiene seguidores en casi todos los países del mundo. No es una cantante de fama, aunque mueve más gente que las giras de Madonna. No es una estrella del fútbol, pero ni siquiera Messi es tan popular. No es J. K. Rowling, pero sus obras están traducidas en más idiomas y dialectos que las aventuras de Harry Potter. Tampoco es un jefe de estado, aunque es más poderosa que el presidente de los Estados Unidos. 

Su nombre se asocia al reparto de infinidad de favores y al cambio personal que experimentan quienes se deciden a seguir su «caminito». Algunos papas afirmaron que se trata de «la santa más grande de los tiempos modernos». En los ambientes angloparlantes la llaman la «Litle Flower», la «Florecilla», ya que su autobiografía comienza así: «Historia primaveral de una florecita blanca, escrita por ella misma».

Papas, teólogos, psicólogos y novelistas han estudiado su figura y su mensaje y han escrito sobre ella, unos para ensalzarla y otros para denigrarla. La bibliografía especializada cuenta con miles de volúmenes de valor muy desigual. 

Yo la considero mi hermana y mi amiga y soy testigo del gran bien que Teresita sigue haciendo en el mundo entero. Estoy convencido de que su mensaje puede ser un bálsamo para los que vivimos rodeados de náufragos, de personas heridas y desorientadas, con las que a menudo nos identificamos. 

Nuestra sociedad vive el desarraigo de los emigrantes, el desamparo de los que ven que los valores y tradiciones de su infancia ya no sirven, el sufrimiento de los que se reconocen incapaces de vivir los ideales por los que han suspirado, de los que se sienten demasiado débiles para romper las cadenas que les atan, arrastrados por las circunstancias y por la propia debilidad, necesitados de redención y de esperanza. En mayor o menor medida, cada uno de nosotros puede identificarse con Andreas, el mendigo fracasado del que habla la novela de Joseph Roth «La leyenda del santo bebedor».

Estoy convencido de que el mensaje de Teresa, tan antiguo y tan nuevo, puede ayudar a las personas de nuestros días a encontrar el corazón del evangelio, la verdadera esencia del cristianismo, que no consiste en la confesión de unas verdades ni en la observancia de unos preceptos morales ni en la participación en unos ritos litúrgicos (lo que no significa que estas cosas no tengan su importancia, aunque no sean las primeras), sino en el encuentro con una persona viva, que no me trata como merecen mis faltas, sino conforme a su misericordia, «que me ama tal como soy, pequeña y débil, que todo lo ama en mí, […] capaz de amarme siempre». Solo esto nos puede abrir a «la confianza y el abandono».

Joseph Roth (1894-1939) fue uno de los mejores escritores del s. XX. Nació en los confines del imperio austrohúngaro en el seno de una familia judía, aunque no conoció a su padre, que abandonó el hogar antes de su nacimiento. Estudió literatura y filosofía en Viena, combatió en la I Guerra Mundial, fue novelista y corresponsal de varios periódicos en Viena, Berlín, Ámsterdam y París. Murió con 44 años entre delirios y alucinaciones provocados por el alcoholismo. Poco antes de fallecer escribió un relato lúcido, sincero, autobiográfico y premonitorio, que tituló «La leyenda del santo bebedor».

El librito cuenta la historia de Andreas Kartak, un emigrante indocumentado exiliado en París, una persona que perdió sus raíces y no pudo integrarse en su nuevo destino. Se considera a sí mismo un hombre honesto y trabajador, «chapado a la antigua», que no puede comprender cómo es posible que el fútbol, el cine y el dinero hayan llegado a ser más importantes que el honor. Las circunstancias de la vida y sus propias debilidades morales le han convertido en un mendigo alcoholizado que duerme bajo los puentes del Sena.

Cierto día un desconocido le ofrece doscientos francos para que pueda rehacer su vida. Solo le pone como condición que se las devuelva a santa Teresita cuando esté en grado de hacerlo. 

Los quince capitulillos del escrito cuentan distintas escenas en las que Andreas es el afortunado receptor de pequeños «milagros» que lo sacan una y otra vez de la indigencia: un trabajo inesperado, el encuentro con un antiguo compañero de la infancia convertido en astro del fútbol, hallazgos fortuitos de dinero, etc. 

En cada ocasión quiere satisfacer su deuda y se dirige a la iglesia para hacerlo, pero siempre termina gastándolo junto a antiguas amantes o a compañeros de infortunio sin escrúpulos que abusan de su generosidad o le roban.

En cierta ocasión, mientras espera en un bar la hora de la misa en la que piensa satisfacer finalmente su deuda, se encuentra con Teresa, una muchacha muy joven vestida de azul  –«un azul como solo podía serlo el cielo, aunque solo algunos días, únicamente los días bendecidos»–. 

A causa de los delirios del alcohol, él la confunde con santa Teresita, y le dice: «No creí que una santa tan pequeña y a la vez tan grande, una acreedora tan pequeña y tan grande me dispensara el honor de venir a buscarme, después de que durante tanto tiempo no hubiera acudido a ella».

Entonces cayó desmayado y los camareros le llevaron a la sacristía de la Iglesia, «pero, lamentablemente, ya no era capaz de hablar. Tan solo hizo un gesto como si quisiese introducir la mano en el bolsillo interior de la chaqueta, donde guardaba el dinero que debía a su pequeña acreedora, y murmuró: “¡Señorita Teresa…!” Así exhaló el último suspiro y murió. Denos Dios a todos nosotros, bebedores, tan liviana y hermosa muerte». De esta manera termina el libro. Ermanno Olmi llevó la historia al cine en 1988. También ha sido representada muchas veces en el teatro con diversas adaptaciones.

He leído en internet varios comentarios. Todos subrayan el paralelismo entre la vida del autor y la del protagonista. También coinciden en que la vida del mendigo «es un continuo acercarse y perderse en el camino hacia la iglesia, para cumplir su imposible compromiso». Algunos ven en la obra una advertencia de las ignominiosas consecuencias de las adicciones, otros una alabanza al vino que transforma el mundo y lo hace habitable para los que lo consumen. Hay quienes ven un alegato en favor o en contra del nihilismo contemporáneo o una metáfora del sinsentido de la existencia de los individuos y de la Europa de su época (con el nazismo amenazante) y de la nuestra. 

Pero no he visto ninguno que haga referencias a la doctrina de santa Teresita para interpretar el texto de otra manera. Incluso hay quienes hablan de la deuda del santo bebedor «con una santa», sin especificar con cuál, posiblemente porque no la conocen a ella ni su mensaje, lo que impide la correcta interpretación del texto. Es como los críticos de arte que explican las pinturas de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina sin hacer referencia a las historias bíblicas que las sustentan.

A la luz de las enseñanzas de santa Teresita, podemos comprender que la narración de Roth quiere mostrar que incluso un gran pecador, un fracasado, alguien cuya vida aparentemente no tiene ningún valor, puede aspirar a la salvación, a condición de que reconozca la propia incapacidad de salvarse y no pierda el deseo de ser salvado. 

De hecho, al final de sus días el indigente es llevado a la iglesia, donde muere en paz, a pesar de que nunca consiguió saldar su «deuda», que nadie le reclama. «Denos Dios a todos nosotros, bebedores [podríamos cambiar la palabra por “pecadores”], tan liviana y hermosa muerte». Amén.

3 comentarios:

  1. Me ha encantado la presentación que hace de santa Teresita y de la novela, que leí hace tiempo y me propongo volver a leer. Paolo.

    ResponderEliminar
  2. Cada año por esta época mi corazón se incha de gozo al celebrar con mucha devoción la memoria de mi SANTITA de devoción, quien desde muy pequeña me ha conducido por su caminito hacía Jesus. ¡DIOS BENDIGA A TODOS LOS FRAILES Y RELIGIOSAS CARMELITAS DESCALZOS!

    ResponderEliminar
  3. YO LE PIDO A SANTA TERESITA POR LOSQUE LES GUSTA DEMASIADO EL VINO QUE NO CAIGAN ENLA BORRACHERA SANTA TERESITA ESCUCHAME ANA MARIA

    ResponderEliminar