Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

lunes, 20 de mayo de 2019

Orígenes de la Iglesia (2): la difícil unión de los judíos con los griegos


Ayer comenzamos a tratar de los orígenes de la Iglesia, tal como los presentan los Hechos de los apóstoles y hablamos de los primeros momentos, después de la resurrección y del don del Espíritu Santo.

En torno a la predicación de los apóstoles se fue formando una comunidad a la que los judíos llamaron “secta de los nazarenos” y que externamente era un grupo más, aunque con características propias, dentro de la pluralidad del judaísmo de aquel tiempo.

La mayor parte de los primeros cristianos era de Palestina: hablaba arameo, su mentalidad era semita, leía el Antiguo Testamento en hebreo y se sentía muy arraigada a las tradiciones judías: Ley de Moisés, circuncisión, participación en el culto de la sinagoga y del templo, etc.

Pero había también un grupo de fieles que había venido de las comunidades judías en la diáspora (extendidas por el extranjero). Estos también eran de raza judía, pero hablaban griego, su mentalidad era helenista, leían el Antiguo Testamento en griego y no estaban tan apegados a la Ley mosaica.

La unión entre estos dos grupos de personas no presentó problemas al principio. En las reuniones, que se celebraban en las casas, se escuchaba la enseñanza de los apóstoles, se celebraba la “fracción del pan” y se compartían los bienes. Pedro ocupaba un lugar preferente, junto a Santiago y a Juan, a los que se llamaba “columnas de la Iglesia”.

Pronto surgió el primer conflicto. En todas las sinagogas había una caja común, en la que se depositaban las limosnas para dar de comer a los pobres de la comunidad (viudas, huérfanos y enfermos). Los cristianos montaron también un “servicio a la mesa”. Por causas que desconocemos, los helenistas (los que venían del extranjero) se quejan de que los judeocristianos (los naturales de Palestina) no atendían bien a sus viudas.

Para solucionar el problema, los Doce decidieron nombrar a siete diáconos (todos con nombres griegos) para que se encargaran del servicio de la mesa y ayudaran en su predicación a los apóstoles (Hch 6,1-6). Esta separación entre los dos grupos se fue agudizando y creó fuertes tensiones en la convivencia.

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