Santa Teresa de Jesús fue para san Carlos de Foucauld un importante estímulo en su camino de discipulado del «bien amado hermano y señor Jesús».
Su encuentro con la Santa Madre se produjo hacia 1888, poco después de su conversión, gracias a un regalo de su prima Caterine de Flavigny. Carlos quedó profundamente impresionado por el libro de su Vida y, posteriormente, por las Fundaciones. Aquellas páginas no fueron para él una simple lectura espiritual: se convirtieron en alimento cotidiano, en palabras que fueron penetrando poco a poco en su manera de pensar, de orar y de amar a Cristo.
Marguerite Castillon du Perron, una de las grandes biógrafas del «ermitaño del Sahara», ha descrito admirablemente esta relación. Observa que, para Carlos, la distancia de los siglos parecía desaparecer: Teresa estaba viva en sus escritos. Sus cuadernos y cartas están llenos de referencias a ella; volvía una y otra vez a sus obras, las meditaba y las asimilaba hasta el punto de que, cuando quería expresar su amor por Jesús, lo hacía muchas veces con ideas y palabras aprendidas de la Santa. No se trataba de una dependencia literaria, sino de una auténtica comunión espiritual.
Pero aquí surge una pregunta: ¿no contradice esto la insistencia de Carlos en que Jesús debía ser su «único Modelo»? En realidad, no. Teresa no sustituye a Cristo; precisamente le enseña a buscarlo. Los santos no son para Carlos modelos paralelos a Jesús, sino compañeros de camino que conducen hacia él.
La relación se hizo todavía más profunda durante los años de Nazaret. Después de abandonar la Trapa, Carlos vivió junto a las clarisas, trabajando humildemente como criado y jardinero, en una vida escondida que quería reproducir la existencia de Jesús en Nazaret. Allí continuó leyendo a santa Teresa y a san Juan de la Cruz, y llegó a copiar extensos pasajes de sus escritos para las religiosas.
La afinidad entre Teresa y Carlos tiene una raíz más profunda: ambos fueron hombres y mujeres conquistados por la humanidad de Cristo. Teresa quedó transformada al contemplar una imagen de Jesús muy llagado; Carlos descubrió en la vida escondida de Nazaret el rostro concreto del Hijo de Dios hecho hombre. Para los dos, la Encarnación no es una verdad abstracta, sino el centro de la existencia cristiana: seguir a Jesús significa compartir su pobreza, su humildad, su entrega y su amor.
Por eso Teresa acompañó a Carlos hasta el desierto. Y quizá esta sea la mejor explicación de su influencia: ella no le apartó de Jesús, sino que le enseñó a mirarlo con más hondura. Dos convertidos, dos almas apasionadas, dos discípulos que nunca se conformaron con una fe mediocre. Teresa desde Ávila y Carlos desde el Sahara nos recuerdan que el verdadero encuentro con Cristo siempre termina convirtiéndose en una vida entregada.
Ellos nos enseñan, finalmente, que los santos pueden vivir separados por siglos y, sin embargo, encontrarse en lo esencial: en el deseo de conocer a Jesús, amarle apasionadamente y hacer de la propia vida una respuesta a su amor. Teresa y Carlos son, cada uno a su manera, discípulos de Jesús de Nazaret y testigos de que quien se deja conquistar por Cristo acaba descubriendo que no existe otro camino que entregarse enteramente a él.

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