Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

lunes, 14 de junio de 2021

BEATA MARÍA CÁNDIDA DE LA EUCARISTÍA, o.c.d. Presentación y oraciones de la misa


Nació en Catanzaro (Italia) el 16 de enero de 1884 con el nombre de María Barba. Su familia, originaria de Palermo, se encontraba temporalmente en Calabria debido al trabajo de su padre, Pedro Barba, consejero del Tribunal Superior. Cuando tenía apenas dos años regresaron a Sicilia, donde María pasó la mayor parte de su vida juvenil en un ambiente familiar profundamente cristiano.

Desde muy pequeña manifestó un amor extraordinario a Jesús Eucaristía. Ella misma evocaba un recuerdo de infancia lleno de ternura y significado espiritual: «Cuando era pequeñita y todavía no se me había dado Jesús, esperaba a mi madre cuando volvía de la Santa Comunión… y repetía saltando: “¡Yo también tengo al Señor!”». Aquella sensibilidad precoz se intensificó tras su Primera Comunión, recibida a los diez años. Desde entonces, la Eucaristía se convirtió en el centro de su existencia. Llegó a escribir que verse privada de la comunión era para ella «una cruz y un tormento bien grande».

A los quince años sintió claramente la llamada a la vida religiosa y al Carmelo teresiano. Sin embargo, su familia se opuso firmemente a su vocación, obligándola a esperar casi veinte años antes de poder ingresar en el monasterio de Ragusa el 25 de septiembre de 1919. Durante aquel largo tiempo de prueba mantuvo una fidelidad admirable a la inspiración inicial, sostenida sobre todo por su profunda unión con Cristo presente en la Eucaristía.

En el Carmelo tomó el nombre de María Cándida de la Eucaristía, verdaderamente programático de toda su vida espiritual. Fue varias veces priora y maestra de novicias, infundiendo en la comunidad un gran amor a las Constituciones de santa Teresa de Jesús y favoreciendo la expansión del Carmelo teresiano en Sicilia. La lectura de Historia de un alma de santa Teresita había fortalecido también su vocación contemplativa y su confianza absoluta en el amor de Dios.

Su obra principal, «La Eucaristía», escrita a partir de 1933, constituye una de las joyas de la espiritualidad eucarística contemporánea. En sus páginas expresa una experiencia profundamente vivida de fe, esperanza y amor. Escribe: «Oh mi Amado Sacramentado, yo Te veo, yo Te creo». Y también: «No sé separar mi vida de la Eucaristía». Para ella, la adoración no era solo una práctica devocional, sino una verdadera transformación interior: «Contemplar con fe redoblada a nuestro Amado en el Sacramento, vivir de Él que viene cada día, permanecer con Él en lo íntimo de nuestra alma: ¡he ahí nuestra vida!».

Tenía además una intensa devoción mariana inseparable de su amor eucarístico: «Yo no puedo separar a María de Jesús». Veía en la Virgen el modelo perfecto del alma eucarística.

Tras varios meses de dolorosos sufrimientos físicos vividos con serenidad y abandono en Dios, murió el 12 de junio de 1949, solemnidad de la Santísima Trinidad. Fue beatificada por Juan Pablo II el 21 de marzo de 2004.

Oración colecta. Dios todopoderoso y eterno, que, con el soplo del Espíritu, inspiraste a la beata María Cándida, virgen, la contemplación de las riquezas de la Eucaristía, concédenos, por su intercesión, que ofreciendo con gratitud el sacrificio del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, con la Bienaventurada Virgen María te glorifiquemos siempre en este sacramento. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

Prefacio

V. El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.

V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.

V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.

En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.

Porque en la beata María Cándida de la Eucaristía nos has dado un ejemplo luminoso de amor ardiente a Cristo presente en el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. Tú la llamaste a seguir a tu Hijo por el camino de la virginidad consagrada y la condujiste, en la escuela del Carmelo, a penetrar con fe viva en el misterio de la Eucaristía, memorial perpetuo de la redención y presencia de tu amor entre los hombres.

Ella encontró en el Pan de vida la fuerza para la entrega cotidiana, la alegría de la contemplación y el modelo perfecto de obediencia, pobreza y pureza evangélicas. Velando junto al tabernáculo, aprendió a unirse al sacrificio de Cristo y a ofrecer su propia vida como ofrenda agradable a ti por la salvación del mundo.

Por eso, unidos a los ángeles y a los santos, proclamamos tu gloria y te alabamos, diciendo sin cesar: Santo, Santo, Santo…

Oración sobre las ofrendas. Acepta, Señor, los dones que te ofrecemos y haz que seamos semejantes a Cristo en su obediencia filial, para que, como él, no vacilemos en dar la vida por nuestros hermanos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Oración después de la comunión. Saciados con este pan del cielo, te pedimos, Señor, que aumentes tu caridad en nuestros corazones y nos muevas a servirte en nuestros hermanos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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