¡Qué bien sé yo la fonte
que mana y corre,
aunque es de noche!
Aquella eterna fonte está escondida,
qué bien sé yo do tiene su manida,
aunque es de noche.
Así comienza un conocido poema de san Juan de la Cruz († 1591), que el místico carmelita escribió mientras se encontraba injustamente encerrado en la cárcel. En esa difícil circunstancia vivió su personal descenso a los infiernos y experimentó la oscuridad de la noche, «sin otra luz y guía / sino la que en el corazón ardía», tal como él mismo canta en otro texto. Lo asombroso es que no encontró amargura ni resentimiento en aquella soledad, sino al Amado de su alma, acompañado por realidades luminosas, lámparas de fuego que, con sus resplandores, esclarecían las profundas cavernas del sentido, llenándole de gozo.
A pesar de haber experimentado la miseria en su infancia y adolescencia, a pesar de los sufrimientos físicos y mentales a los que fue sometido en la cárcel, a pesar de los trabajos posteriores, de las incomprensiones y de la persecución que padeció al final de su vida, de la «noche oscura» que lo envolvía, nunca perdió la mirada sobrenatural sobre los acontecimientos ni se cansó de cantar la belleza de una vida humana plenamente realizada. Por eso, un especialista en su doctrina, afirma:
«La de Juan de la Cruz es, ante todo, la mística de la fiesta, la espiritualidad de la alegría. El viaje interior que nos propone san Juan (especialmente esto se percibe en su poesía), no tiene nunca como centro una espiritualidad del dolor, del sacrificio o de la renuncia (aunque todo esto sea parte del viaje de la vida). Porque ser feliz y dar felicidad a los demás será siempre más relevante y tendrá efectos más positivos que el mero viaje interior de purificaciones sin fin y de renuncias sin cuento. […] Dicho gozo y alegría se sustentan en la pura positividad de una Presencia amiga, interior y envolvente: «Es cosa de gran contentamiento y alegría para ti ver que todo tu bien y esperanza está tan cerca de ti, que está en ti, o por mejor decir, tú no puedas estar sin él» (C 1,7). Así comienza Cántico. Así comienza la aventura de creer» (J.A. Marcos).
Es bueno tener estas cosas presentes desde el principio de nuestro tratado, porque la complejidad del mundo contemporáneo y el sucederse de conflictos y crisis de todo tipo (políticas, diplomáticas, humanitarias, económicas, sanitarias, ecológicas) puede empujarnos al pesimismo y a la más peligrosa de todas las crisis: la de fe.
Los santos de todas las épocas nos ofrecen el testimonio de su encuentro personal con el Dios vivo y nos dicen que él se hace presente en todos los tiempos, lugares y circunstancias, también en los nuestros, porque «su misericordia llega a sus fieles de generación en generación» (Lc 1,50). Las dificultades –sean las que sean– no suponen un impedimento para vivir una existencia cristiana gozosa y encarnada «aquí y ahora». Cómo llevarlo a la práctica es el argumento fundamental que estudia la teología espiritual.
Tal como enseña san Juan de la Cruz, para hablar de estos argumentos, hay que usar de la poesía, los símbolos, las imágenes de todo tipo, ya que las palabras ordinarias son insuficientes. Por eso, para situarnos correctamente, al comenzar este tratado de teología espiritual, puede ser bueno hacerlo con un «mashal», que es como en hebreo se denominan las parábolas, proverbios, acertijos y cuentecillos con moraleja. La Biblia está llena de ellos, con la intención de hacer reflexionar al lector. Este, en concreto, nos ayudará a subrayar la dimensión práctica de la materia que nos disponemos a estudiar.
Un hombre viajó a la selva amazónica y regresó a su tierra sorprendido por la belleza de sus paisajes, la variedad de su flora y fauna, la acogida de sus gentes y el sabor de las frutas tropicales. De tal manera alabó lo que había visto, que sus amigos se decidieron a organizar una expedición, para poder contemplar tantas maravillas. Para ellos dibujó un mapa y escribió un tratado, en el que les explicaba lo que iban a encontrarse y los lugares que no debían perderse. Los amigos leyeron con atención el texto y estudiaron el mapa. Aprendieron tan bien todas las explicaciones, que se sintieron especialistas en el Amazonas, aunque nunca llegaron a visitarlo. De esta manera, el mapa y el libro terminaron por sustituir la experiencia del viaje.
El Amazonas es imagen del reino de Dios. Jesús es el amigo que nos ha contado su hermosura y ha dibujado para nosotros el mapa. Él nos ha dicho que el reino de Dios es como un tesoro estupendo escondido en el campo y que merece la pena vender todo lo que se tiene para adquirirlo (cf. Mt 13,44). Ha cantado detenidamente sus maravillas y nos ha explicado el camino. Sus enseñanzas se encuentran recogidas en los evangelios. Podemos estudiarlos y llegar a considerarnos especialistas, pero si no ponemos en práctica sus enseñanzas, si no entramos en el reino, nos sirven de poco.
En nuestros días, tenemos acceso a multitud de materiales sobre los contenidos de la fe cristiana y sobre la oración, pero no basta con aprender lo que dicen otras personas. Cada uno de nosotros está invitado a hacer su viaje personal al Amazonas, poniendo en práctica las enseñanzas de Jesús para gustar lo bueno que es el Señor (cf. Sal 34 [33],9). La fe no consiste solo en creer que las cosas que Jesús nos ha enseñado son verdaderas. Lo primero es confiar en su persona, relacionarnos con él, abandonarnos en sus manos, conscientes de que él es el amigo que nunca falla.
San Juan de la Cruz enseña que «si el alma busca a Dios, mucho más la busca su Amado a ella» (L 3,28). Para él está claro que Dios nos busca y nos llama. Ante esta certeza no deberíamos permanecer inactivos, «porque el alma que de veras ama a Dios, no empereza en hacer cuanto puede por hallar al Hijo de Dios, su Amado» (C 3,1). De eso trata la teología espiritual: del deseo de trascendencia que arde en lo más profundo de nuestros corazones; de seres humanos que buscan a Dios y de Dios que busca a los hombres; de los caminos por los que podemos encontrarnos con él y vivir de su vida, de su Espíritu.
Primeras páginas de la introducción de mi libro:
Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d., «Qué bien sé yo la fonte que mana y corre. Teología espiritual». ISBN 978-84-220-2383-8. Editorial BAC, Madrid 2025. pp. 3-6.
La BAC tiene distribuidores en todo el mundo, por lo que el libro puede conseguirse en cualquier librería, si se dan los datos editoriales.
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