Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

viernes, 4 de abril de 2014

La resurrección de Lázaro


A los candidatos al bautismo, la liturgia ha presentado a Jesús como aquel que puede saciar su sed (domingo de la samaritana) e iluminar su ceguera (domingo del ciego de nacimiento). El próximo domingo les anuncia que puede darles vida en plenitud (domingo de Lázaro). 


De hecho, los Santos Padres llamaban al bautismo palingénesis (palabra griega que significa «regeneración»), haciéndose eco de las palabras de Jesucristo, que invita a nacer de nuevo (cf. Jn 3,3). 

San Pablo dice que renacemos en el bautismo, que es participación en la muerte y resurrección de Cristo (cf. Rom 6,3ss. epístola de la Vigilia Pascual). Por eso, el catecúmeno tenía que despojarse de todo lo viejo y entrar desnudo en el agua, como si descendiera al sepulcro. Allí recibía el bautismo y, al salir, era revestido con una túnica nueva, para indicar la nueva vida que había recibido. Muertos al pecado y resucitados con Cristo, los cristianos están llamados a vivir en novedad de vida (cf. Rom 6,4).

El relato (Jn 11,1-45). Cuatro días después de la muerte de Lázaro, Jesús se dirige a Betania. Al llegar, Marta confesó que el cadáver «ya olía» a putrefacción. Se estableció un diálogo que terminó con la afirmación del maestro: «Yo soy la resurrección y la vida». Más tarde, Jesús dijo con autoridad al difunto: «¡Sal fuera!». El amigo lo hizo, envuelto en las vendas y el sudario. 

Ante este signo, el último antes del definitivo – que será su propia resurrección – «muchos creyeron en Él». 

Se produce el mismo proceso que en el relato del ciego de nacimiento: los que acogen con fe las palabras de Jesús pueden interpretar correctamente el signo; los que las desprecian se endurecen en su rechazo. De hecho, sus enemigos, «desde ese día, decidieron darle muerte» (Jn 11,53). 

Él lo sabe, pero no huye porque, finalmente, «ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre» (Jn 12,23). La hora de su glorificación coincide con la de su muerte y sepultura. Solo así se realizará el plan divino de la salvación, al que Él se somete. 

Al resucitar a Lázaro antes de su pasión, Jesús enseña que tiene poder sobre la muerte. También anuncia que no le quitan la vida, sino que Él mismo la entrega voluntariamente.

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