Lo que me llena de gozo y de sorpresa es la humildad de nuestro Señor Jesucristo: Él se hace presente cuando se reúne una asamblea pequeña en una iglesita de barrio y cuando se juntan miles de personas para una gran celebración en el Vaticano. Él renueva el sacramento de su entrega por amor, tanto cuando preside la eucaristía un sacerdote ignorante (y quizás lleno de pecados) como cuando la preside el Papa. Todos somos simples colaboradores de su gracia, dispensadores de un tesoro que llevamos en pobres vasijas de barro. Peró él quiere servirse de estos instrumentos para que su salvación siga alcanzando a la humanidad entera, para que se vea que la gracia no proviene de los hombres, sino que es don suyo.
Te doy gracias, Señor Jesús, por tu profunda humildad. Porque vienes a nuestro encuentro sin poner condiciones, porque siempre estás disponible para todos, porque me permites cada día hacer experiencia de tu amor. A ti la gloria por los siglos. Amén.
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