Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

viernes, 12 de septiembre de 2014

Los orígenes del Castillo interior o las Moradas de santa Teresa de Jesús


Esta tarde comienzo un cursillo en el Desierto de las Palmas sobre el Castillo interior de santa Teresa de Jesús. En este blog ya he hablado de varios temas relacionados con este libro: sus símbolosla puerta del castillo, las distracciones en la oración... Hoy les explicaré cuáles son los orígenes de esta obra.


Como no se puede entender la Biblia si no se tienen en cuenta el contexto en el que fue escrito cada libro (que equivale a saber «qué» preguntas concretas intenta responder) y sus géneros literarios (que equivale a saber «cómo» las responde para que los destinatarios puedan entender), de la misma manera no se puede entender el Castillo interior si no se pone atención a lo que dice Teresa, a cómo lo dice, y también a lo que ella no dice, pero podemos adivinar leyendo sus cartas y otros escritos suyos.

Hoy ya no se pueden seguir afirmando las mismas cosas que en años pasados, cuando no se disponía de estudios serios sobre el contexto histórico y la personalidad de santa Teresa. 

Por ejemplo, en la introducción al libro del Castillo interior, hablando de la reacción de la Santa a la orden de escribirlo que le dio el P. Gracián, dice un autor: «Ante esta petición, que ciertamente ella no se esperaba, la Santa se sintió consternada y suplicó con insistencia al P. Gracián que le retirara esa orden, que la dejara hilar su rueca y seguir los actos de comunidad con las demás hermanas. Pero el superior no cedió [...]. Mientras la Santa estaba pensando cómo empezar ese trabajo, Dios vino en su ayuda con una espléndida visión. Hacía tiempo que la Santa quería ver un alma en gracia, y el Señor, que dispone las cosas con suavidad y sabiduría, escuchó los deseos de su sierva» (Egidio di Gesù, Prefazione al Castello interiore, ed. OCD). Este autor continúa diciendo que escribió el libro en éxtasis e incluso que el folio se llenaba él solo de palabras mientras ella se encontraba en oración. (Es verdad que la primera edición es de 1950, pero es la que se conserva hasta el presente en italiano y ha sido reeditada en 2010 y 2014 con la misma introducción).

La imagen del alma como un Castillo interior no es nueva en Teresa. Ya la había desarrollado antes con distintas palabras, pero expresando las mismas ideas; sin hablar de castillo sino de palacio: «Pensemos que dentro de nosotras está un palacio de grandísima riqueza, todo su edificio de oro y piedras preciosas, en fin, como para tal Señor; […] que no hay edificio de tanta hermosura como una alma limpia y llena de virtudes, y mientras mayores, más resplandecen las piedras; y que en este palacio está este gran Rey» (CV 28,9). No usa las mismas palabras que en el libro del Castillo, pero el contenido es coincidente.

Teresa manifestó varias veces su deseo de escribir este tratado. Al poner fecha al inicio de la redacción del Castillo, dice: «Comienzo a cumplir esta obediencia hoy, día de la Santísima Trinidad [2 de junio], año de 1577, en Toledo» (Prólogo 3). 

Pero cinco meses antes, refiriéndose a su Autobiografía, ella misma había confesado abiertamente: «He mandado pedir el libro al Obispo, porque quizás se me antoje de acabarlo con lo que después me ha dado el Señor, que se podría hacer otro y grande, si el Señor quiere que acierte a decir algo» (Carta a su hermano Lorenzo, 17 enero 1577). 

Por tanto, hacía tiempo que quería iniciar este segundo escrito, pero era consciente de que la escritura estaba prohibida a las mujeres, que el original del libro de la Vida estaba en la Inquisición, que la habían obligado a quemar su Comentario al Cantar de los Cantares... Por eso, después de haberlo orado, consiguió que se lo mandaran escribir personas con autoridad: su superior provincial y su confesor. No fue fácil, pero lo consiguió sin que ellos se dieran cuenta.

El P. Gracián refiere una conversación que tuvo con Teresa en el locutorio del convento de Toledo. Durante la conversación ella dijo varias veces: «¡Qué bien explicado estaba esto que estamos hablando en el libro de la Vida que ahora está en manos de la inquisición! Entonces le dije: Ya que no podemos recuperarlo, intente recordar lo que escribió, añada otras cosas que se le ocurran y componga otro, hablando en general, sin nombrar a la persona de la que escribe [ella misma]. Y así le mandé que escribiera este libro del Castillo». 

En otra ocasión, el mismo Gracián cuenta que, encontrándose en Toledo, mandó a la Madre que escribiera el libro titulado el Castillo interior y que ella le respondió: «¿Para qué quiere que yo escriba? Escriban los letrados, que han estudiado, que yo soy ignorante y no sabré lo que digo y pondré una palabra en lugar de otra, ¡y solo provocaré daños! Ya hay muchos libros profundos sobre la oración. Por amor de Dios, déjeme hilar mi rueca, ocuparme del rezo del coro y de los actos de comunidad como las demás hermanas, porque yo no sirvo para escribir ni tengo la salud necesaria ni la cabeza para hacerlo». 

La conversación tuvo lugar a final de mayo y el dos de junio Teresa comenzó a escribir, lo que quiere decir que antes de la orden de Gracián ya tenía las ideas claras y había comprado el papel, la tinta y las cosas necesarias para escribir el libro.

Tanto el padre Gracián como el doctor Velázquez ordenaron a la Santa que escribiera el libro, tal como testimonian ambos en los procesos de beatificación. El primero en su cargo de provincial y el segundo en su cargo de confesor (después fue obispo de Osma-Soria y la invitó a fundar en su obispado). 

Lo que no dicen es que ella les había hablado varias veces del libro de la Vida, que estaba en manos de la inquisición, por lo que no podía entregarlo a sus monjas, que se lo reclamaban. Ella era consciente de que lo que había escrito sobre la oración podía ser de mucha ayuda para ellas, pero no quería ponerse a escribir sobre un tema tan delicado sin que se lo ordenaran personas con autoridad, y lo consiguió. Así nadie podría decirle que escribía por iniciativa propia, que quería enseñar, a pesar de que las mujeres se deben callar y todas las acusaciones que tantas veces la habían hecho hasta entonces.

En definitiva, Teresa afirma que escribe porque se lo han mandado «varones que tienen estudios y autoridad». En esto dice la verdad. Pero no explica que le ha costado convencerles para que se lo mandaran y que no se dieran cuenta de que ella quería escribir. 

Consciente de los riesgos a los que se enfrenta, reconoce que enseñar es cosa de los letrados, que ella no lo es y que escribe en obediencia a un mandato recibido. Igualmente afirma que las destinatarias son sus monjas, es decir «mujeres sin formación», pero ella era perfectamente consciente de que varios varones letrados y «muy barbados» leían sus escritos con interés de discípulos, empezando por los que la habían mandado escribir. 

En su época no podía ser de otra manera: si quería escribir, el comitente tenía que ser necesariamente un varón culto y las destinatarias solo podían ser mujeres iletradas.

Por cierto, hoy se celebra la memoria de la beata María de Jesús, a la que santa teresa dio a leer el manuscrito del Castillo interior y quedó tan contenta de sus observaciones que la llamaba cariñosamente "mi letradillo". En el blog he contado su biografía y he hablado también del Carmelo de Toledo, en el que está enterrada.

1 comentario:

  1. Nuestra Santa y Doctora Teresa de Jesús, llena del Espíritu Santo, nos ha dejado en sus libros y sus monjas un legado preciosísimo. Puedo decir, sin temor a equivocarme, como decía Jesús, que ella es también, salvando las distancias, Camino, Verdad y Vida. He empezado a leerme por 3ª vez consecutiva su "Libro de la Vida". Cuando superas la prueba de la comprensión, realmente enamora.

    Ayer escuché a P. Eduardo en el quinario de Caravaca, y en su homilia nos engolosina las almas con ese don que Dios le ha dado. También puedo decir que él enamora las almas por el amor que siente y transmite en sus palabras. Todo sea para gloria de Nuestro Señor. José Mª Celdrán.

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