Los cuatro grandes tratados de san Juan de la Cruz ‒Subida del Monte Carmelo, Noche oscura del alma, Cántico espiritual y Llama de amor viva‒ forman un conjunto orgánico y ofrecen una propuesta seria y profunda de la vida espiritual cristiana.
La "Subida" traza el mapa del camino, mostrando que solo el vaciamiento de los apetitos, la libertad interior y la práctica de las virtudes teologales permiten al alma disponerse para la unión con Dios. En lenguaje sanjuanista, se trata de las noches activa y pasiva del sentido: el trabajo ascético de purificación que el creyente emprende con ayuda de la gracia y la acogida con serenidad de las contrariedades de la existencia.
La "Noche" describe ese mismo proceso desde otra óptica: no tanto como esfuerzo humano, sino como purificación pasiva y misteriosa obra de Dios, que guía al alma en tiniebla hacia la luz. En lenguaje sanjuanista, se trata de las noches activa y pasiva del espíritu: la perseverancia en la práctica de las virtudes teologales y la acción purificadora que Dios realiza en el alma por distintos medios.
El "Cántico espiritual" abre una nueva perspectiva: el itinerario no se contempla desde la renuncia o la purificación, sino desde la atracción del amor. El alma enamorada «sale» en búsqueda del Amado, se desposa con él (se trata de encuentros profundos, aunque pasajeros) y avanza hacia el matrimonio espiritual (experiencia de unión firme y estable).
La "Llama de amor viva" no habla ya de búsqueda, purificación o encuentros temporales, sino de plenitud consumada: el alma, abrasada en el amor del Espíritu Santo, vive de manera habitual en un estado de comunión gozosa y fecunda con la Trinidad.
Así, el itinerario espiritual que san Juan presenta describe un arco completo: va desde la negación y la noche hasta la unión y la llama viva de amor, desde el despojo radical hasta la plenitud de vida divina. Cada obra responde a un punto de vista del mismo proceso, y todas juntas forman un edificio armónico donde se integran la pedagogía ascética, la experiencia mística y la audacia poética.
Esta progresión revela una intuición fundamental: la transformación espiritual no es principalmente obra del esfuerzo humano, sino fruto de la acción amorosa de Dios en el alma que se dispone, porque él siempre respeta nuestra libertad y quiere nuestra colaboración, aunque lo que podamos ofrecerle sea tan poco como «una monedilla» (Dichos de luz y amor) o «un cabello» (Cántico). De todas formas, el principal protagonista siempre es Dios. El ser humano tiene que aprender a dejarse amar y transformar por él.
San Juan de la Cruz ofrece al lector una teología en verso y en prosa que, cinco siglos después, sigue iluminando a creyentes y buscadores. No ofrece una teoría abstracta, sino un testimonio vivo de lo que significa dejarse transformar por Dios: un camino exigente, pero coronado por la libertad interior y el amor consumado.
Sus obras constituyen no solo un clásico de la literatura universal, sino principalmente una invitación a recorrer con confianza su mismo itinerario: del despojo a la libertad, de la noche a la luz, del deseo humano a la comunión plena en el amor divino.
San Juan de la Cruz, místico, poeta y teólogo, sigue siendo un referente universal del espíritu humano. Sus versos, nacidos de la experiencia y pulidos con arte, trascienden el tiempo y las fronteras culturales. Siguen ardiendo como brasas encendidas: interpelan al creyente y conmueven al artista.
En ellos, la palabra humana toca lo divino y deja abierto un horizonte de infinito. Por eso, su obra no es solo patrimonio del cristiano, sino tesoro de la humanidad: una demostración luminosa de que el ser humano está llamado a la trascendencia y es capaz de alcanzarla.
Texto tomado de mi libro Eduardo Sanz de Miguel, «Luz en la noche del alma. Vida y legado de san Juan de la Cruz». Grupo editorial Fonte, Burgos 2025, páginas 210-212.

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