martes, 23 de diciembre de 2025
La Palabra se hizo carne
El prólogo del evangelio de san Juan constituye el punto más alto de la reflexión bíblica sobre el origen de Jesús y su preexistencia. En unas pocas líneas, densas y luminosas, el evangelista ofrece la clave para comprender no solo la identidad de Jesucristo, sino también el sentido último de la creación, de la historia y de la vida humana. Todo comienza con una afirmación solemne: el «Logos» (sentido del universo, palabra divina) estaba junto a Dios desde el principio y todo fue creado por medio de él.
En el mundo helenístico, el «logos» designaba la razón profunda del universo, su orden interno y su coherencia. Nada es fruto del azar: el cosmos posee una lógica que puede ser reconocida por la inteligencia humana. San Juan asume este lenguaje, pero lo transforma desde dentro. El «logos» no es una fuerza impersonal ni un principio abstracto, sino alguien que vive en relación con Dios y que es Dios. Cuando Dios crea o se comunica, lo hace a través de su «Logos», que es a la vez Palabra creadora y Sabiduría que da sentido.
La historia de la revelación aparece así como un proceso orgánico. Dios no habla de manera fragmentaria ni caótica, sino que va sembrando la verdad a lo largo del tiempo. San Justino describirá esta pedagogía divina con la imagen de las «logoi spermatikoi», las «semillas del logos» presentes en la historia de Israel y de los otros pueblos, preparaciones discretas para la revelación plena. Todo converge hacia un momento decisivo: la plenitud de los tiempos, cuando el «Logos» eterno entra en la historia.
Aquí se encuentra la afirmación más desconcertante del cristianismo: «la Palabra se hizo carne». El «Logos» de Dios no se limitó a inspirar a un hombre ni a habitarlo exteriormente, sino que asumió plenamente la condición humana. No se trata de un ser a medio camino entre lo divino y lo humano, como los semidioses de los mitos antiguos, sino del Hijo eterno de Dios que, sin dejar de ser lo que es, se hace verdaderamente hombre. Eterno y temporal, infinito y limitado, glorioso y vulnerable.
La palabra «carne» («sarx») no designa una parte del ser humano, sino a la persona entera, frágil y mortal. El escándalo de la encarnación consiste precisamente en esto: Dios acepta la debilidad, el sufrimiento y la muerte. Muchos no reconocen a Jesús porque lo juzgan «según la carne», es decir, se quedan en la apariencia. Pero Jesús no es solo carne: es «Palabra hecha carne», humanidad atravesada por el misterio de Dios.
San Juan añade que la Palabra encarnada «puso su morada entre nosotros» («eskenosen»). Con ello evoca la «shekinah», que es como se designaba en el Antiguo Testamento la presencia gloriosa de Dios en medio de su pueblo. Ya no es la tienda del encuentro ni el templo de Jerusalén el lugar privilegiado de la presencia divina, sino la carne misma de Jesús. En él, Dios se hace cercano, visible y accesible.
El prólogo también habla del rechazo de los suyos, lo que apunta hacia el destino pascual de Cristo. La carne asumida será entregada en la cruz y ofrecida como alimento en la eucaristía. Encarnación, cruz y resurrección forman una única realidad salvadora. Por eso, el evangelio se escribe «para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre». En el «Logos hecho carne» se nos revela el sentido último de Dios y del hombre, y se nos abre el camino hacia la vida eterna.
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El gran amor 😍 del Padre por sus creaturas se parece al amor de una madre por sus hijos.
ResponderEliminarQue honda tristeza cuando los "retoños" fallan.