La santidad de Juan de la Cruz fue reconocida desde muy pronto por quienes lo trataron, aunque los procesos canónicos avanzaron lentamente: el proceso informativo se desarrolló entre 1614 y 1618, pero la beatificación no llegó hasta 1675, la canonización hasta 1726 y el reconocimiento como doctor de la Iglesia se retrasó hasta 1926.
No se dudaba de su virtud, pero sí despertaba recelos su modo de expresar la doctrina: su lenguaje poético, simbólico y profundamente bíblico no encajaba en los códigos de la teología escolástica, lo que provocó objeciones de la curia romana. Paradójicamente, aquello que antes parecía una limitación (la fusión de teología y poesía) hoy se considera uno de los grandes méritos del santo.
Podemos destacar cuatro dimensiones fundamentales de su espiritualidad.
Podemos destacar cuatro dimensiones fundamentales de su espiritualidad.
La primera es su arraigo bíblico. Juan vivía de la Escritura: la leía, la explicaba y la llevaba interiorizada hasta el punto de conocer de memoria capítulos enteros. Consideraba que la verdadera vida espiritual se fundamenta en la Palabra de Dios; quienes no la saborean, advertía, «no tienen el paladar sano». Su relación con la Biblia era tan interiorizada que muchos testigos afirmaron que “hablaba Biblia” sin darse cuenta, manifestando una auténtica mística de la Palabra.
La segunda dimensión es su condición de contemplativo y místico. No escribía desde una cátedra, sino como testigo de una experiencia transformadora: la del encuentro personal con Dios. La contemplación (mirar la realidad con los ojos de Dios, descubrir a Dios presente en la cotidianidad) exige silencio, purificación y libertad interior. De esta mirada nace su comprensión del mundo y de sí mismo. La mística es la experiencia de la acción directa de Dios en el alma, una “sabiduría secreta” que no se alcanza por esfuerzo humano. San Juan explica extensamente esta “contemplación infusa”, donde Dios es el agente principal y el alma recibe, casi sin comprender, una luz que no procede de ella misma. Esta experiencia transforma la vida entera y capacita para acompañar espiritualmente a otros.
La tercera dimensión es su relación con el sufrimiento, que supo convertir en oportunidad de crecimiento. Vivió incomprensiones, persecuciones, enfermedades y contradicciones, pero nunca perdió la paz ni el humor. En términos actuales, fue un modelo de resiliencia: aceptó sus límites y adversidades sin caer en el victimismo y aprendiendo de todo. La clave, según él, es “salir de sí”, dejar atrás el propio ego para amar más y mejor. Unido a esto, su firme decisión de perdonar siempre queda resumida en su célebre consejo: «Adonde no hay amor, ponga amor y sacará amor».
La cuarta dimensión es su sencillez. Su vida fue humilde, natural y sin artificios. Necesitaba pocas cosas y enseñaba a vivir con libertad ante los bienes y ante la opinión ajena. Para él, servir a Dios era sencillamente evitar el mal y caminar humildemente en sus caminos. Su trato cercano, su capacidad de consolar y su paciencia atrajeron a sacerdotes, monjas y laicos que buscaban su consejo, origen de muchos de sus "Dichos de luz y amor".
Los testimonios recogidos en los procesos muestran una santidad luminosa: discreción, caridad, paciencia extraordinaria. Su vida cotidiana transparentaba a Dios, y esa coherencia es la base de su magisterio espiritual.
La segunda dimensión es su condición de contemplativo y místico. No escribía desde una cátedra, sino como testigo de una experiencia transformadora: la del encuentro personal con Dios. La contemplación (mirar la realidad con los ojos de Dios, descubrir a Dios presente en la cotidianidad) exige silencio, purificación y libertad interior. De esta mirada nace su comprensión del mundo y de sí mismo. La mística es la experiencia de la acción directa de Dios en el alma, una “sabiduría secreta” que no se alcanza por esfuerzo humano. San Juan explica extensamente esta “contemplación infusa”, donde Dios es el agente principal y el alma recibe, casi sin comprender, una luz que no procede de ella misma. Esta experiencia transforma la vida entera y capacita para acompañar espiritualmente a otros.
La tercera dimensión es su relación con el sufrimiento, que supo convertir en oportunidad de crecimiento. Vivió incomprensiones, persecuciones, enfermedades y contradicciones, pero nunca perdió la paz ni el humor. En términos actuales, fue un modelo de resiliencia: aceptó sus límites y adversidades sin caer en el victimismo y aprendiendo de todo. La clave, según él, es “salir de sí”, dejar atrás el propio ego para amar más y mejor. Unido a esto, su firme decisión de perdonar siempre queda resumida en su célebre consejo: «Adonde no hay amor, ponga amor y sacará amor».
La cuarta dimensión es su sencillez. Su vida fue humilde, natural y sin artificios. Necesitaba pocas cosas y enseñaba a vivir con libertad ante los bienes y ante la opinión ajena. Para él, servir a Dios era sencillamente evitar el mal y caminar humildemente en sus caminos. Su trato cercano, su capacidad de consolar y su paciencia atrajeron a sacerdotes, monjas y laicos que buscaban su consejo, origen de muchos de sus "Dichos de luz y amor".
Los testimonios recogidos en los procesos muestran una santidad luminosa: discreción, caridad, paciencia extraordinaria. Su vida cotidiana transparentaba a Dios, y esa coherencia es la base de su magisterio espiritual.
Resumen del capítulo octavo de mi libro Eduardo Sanz de Miguel, «Luz en la noche del alma. Vida y legado de san Juan de la Cruz». Grupo editorial Fonte, Burgos 2025, páginas 173-183.

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