Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

sábado, 27 de diciembre de 2025

Jesús nació en el seno de una familia


Jesús no apareció en el mundo como un ser aislado ni al margen de la historia. Nació en el seno de una familia concreta y real, y en ella aprendió lo esencial de la vida humana: a hablar, a caminar, a trabajar y a rezar. El evangelio resume esos años silenciosos de Nazaret diciendo que “creció en edad, en sabiduría y en gracia” (Lc 2,52), un crecimiento integral que tuvo lugar en el calor de un hogar. No es un dato secundario: forma parte del misterio mismo de la encarnación. El Hijo de Dios quiso hacerse verdaderamente uno de nosotros, compartiendo nuestra fragilidad, nuestra historia y nuestra necesidad de cuidados y protección.

Los evangelios nos hablan de su familia cercana: María y José, a quienes llama padres; parientes y familiares como Juan el Bautista, Zacarías e Isabel, Santiago. La tradición cristiana conserva también el nombre de sus abuelos maternos, Joaquín y Ana. Jesús se insertó plenamente en una red de relaciones humanas. De este modo, dignificó la vida ordinaria, hecha de vínculos familiares y de amistad, de estudio y de trabajo, de alegrías y también de sufrimientos. Allí, en lo cotidiano, Dios se hace presente y allí hemos de aprender a descubrirlo.

María es el modelo de esta espiritualidad de lo diario: a veces no comprende del todo lo que sucede, pero “conserva todas estas cosas en su corazón” (Lc 2,50-51). Así nos enseña a acoger la vida tal como viene y a convertir la existencia familiar, con sus luces y sombras, en lugar de escucha, de reflexión, de fe y de oración.

La fiesta de la Sagrada Familia, que celebramos el domingo dentro de la octava de Navidad, nos ayuda a profundizar en este misterio. El Niño Jesús, junto con María y José, forman una imagen sencilla y luminosa. Nos recuerdan la misión educativa insustituible de la familia: allí se aprende a convivir, se transmiten los valores, se educa la libertad y se despierta la conciencia de la propia dignidad y vocación. El ejemplo cotidiano, el “calor del hogar”, enseña muchas más cosas que los libros.

Al mismo tiempo, Jesús abre el horizonte de la familia más allá de los lazos de sangre. En el momento oportuno, enseña que su verdadera familia son los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen. María y José pasan entonces de ser quienes lo cuidan y protegen a ser discípulos, miembros de la nueva familia de los creyentes.

Esta fiesta es, en definitiva, una llamada a la esperanza. No importa que nuestras familias no sean ideales o atraviesen situaciones difíciles: en Cristo formamos parte de la familia de Dios. Demos gracias por nuestras familias concretas y por la gran familia de la Iglesia, y pidamos vivir el plan de Dios: respeto, amor mutuo, servicio y ayuda de todos para todos. Amén.

No hay comentarios:

Publicar un comentario