Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

viernes, 12 de diciembre de 2025

San Juan de la Cruz, carmelita en Castilla (1563-1578)


En 1563, Juan de Yepes ingresó en los carmelitas de la antigua observancia, tomando el nombre de Juan de Santo Matía. En el noviciado recibió una profunda formación espiritual, centrada en la oración, la liturgia y la tradición eremítica de la Orden. Después estudió en la universidad de Salamanca, donde destacó por su inteligencia y fue nombrado prefecto de estudiantes. Sin embargo, el ambiente competitivo y la teología demasiado especulativa le provocaron una crisis vocacional, que lo inclinó hacia la Cartuja.

El encuentro con Teresa de Jesús en 1567 cambió su rumbo. Ella le convenció de que podía vivir la vida contemplativa dentro del Carmelo y lo invitó a unirse a su proyecto. Desde entonces fue su colaborador más cercano. En 1568 participó en la fundación de las monjas en Valladolid (a modo de noviciado para él) y, poco después, inauguró en Duruelo el primer convento masculino descalzo. Allí adoptó el nombre de Juan de la Cruz. La comunidad vivía con austeridad extrema, lo que preocupaba a Teresa; aun así, el proyecto creció y pronto pasaron a Mancera.

En 1570 Teresa le pidió organizar el noviciado de Pastrana, donde reinaba un rigor penitencial desorbitado, influido por figuras extremas como Catalina de Cardona. Juan intentó moderar a los frailes, enfrentándose a resistencias que más tarde inspirarían sus enseñanzas sobre la obediencia y la verdadera mortificación.

Tras un breve paso por Alcalá como rector de estudiantes, volvió a Pastrana y luego fue llamado por Teresa al monasterio de la Encarnación de Ávila como vicario y confesor en 1572. Allí, junto a la santa, trabajó durante cinco años en la reforma espiritual de una comunidad muy numerosa y conflictiva, convirtiéndose en un apoyo decisivo para ella y en un verdadero formador de almas.

Tras la muerte del nuncio Ormaneto en 1577, el clima político y eclesial se volvió aún adverso para la reforma teresiana. Su sucesor, Felipe Sega, hostil a los descalzos, apoyó a los carmelitas calzados y llegó a calificar a Teresa como “fémina inquieta y andariega”. 

Aunque el rey siguió protegiendo a los descalzos, confirmando a Gracián como visitador, la tensión entre autoridades era extrema: el general del Carmen ordenaba una cosa, los visitadores pontificios otra, y los obispos y provinciales actuaban entre temores y resistencias. En medio de este laberinto jurídico y político, Teresa seguía fundando por mandato del nuncio, mientras el provincial calzado intentaba recluirla y frenar el avance de la reforma.

La situación se agravó en Ávila cuando el provincial calzado presidió las elecciones de priora en la Encarnación, expulsó a fray Juan de la Cruz y prohibió votar a Teresa. Aun así, la comunidad la eligió, y él respondió con excomuniones consideradas inválidas por teólogos y juristas. Las monjas, formadas por fray Juan en la libertad interior y la coherencia, resistieron firmemente.

La represalia llegó la noche del 3 de diciembre de 1577, cuando fray Juan y su compañero fueron secuestrados por los calzados y trasladados en secreto. Teresa, angustiada, acudió al rey denunciando la violencia del hecho y temiendo por la vida del santo. Durante meses, escribió cartas suplicando su liberación, sin obtener respuesta efectiva. La tensión política, la hostilidad del nuevo nuncio, las divisiones dentro de la Orden y la apatía de algunos descalzos dejaron a Juan completamente desprotegido.

Este clima de enfrentamientos institucionales, decisiones contradictorias y abusos de poder desembocó directamente en el largo cautiverio de san Juan de la Cruz en Toledo. Allí, aislado y sometido a durísimas condiciones, comenzaría (sin él saberlo) a gestarse una de las etapas más fecundas y decisivas de su vida espiritual y literaria.

Pasados nueve meses, los mismos que tarda el niño en formarse en el vientre de su madre (imagen usada por el mismo santo para referirse al acontecimiento), viendo que sus carceleros no estaban dispuestos a devolverle la libertad y sintiéndose tan débil que no podría superar otro invierno en esas circunstancias, aprovechando el calor de una noche veraniega con luna, forzó la puertecilla de su prisión, dividió su manta en tiras estrechas, que anudó entre sí, y se dejó caer por una ventana entre los acantilados.

Resumen del capítulo quinto de mi libro Eduardo Sanz de Miguel, «Luz en la noche del alma. Vida y legado de san Juan de la Cruz». Grupo editorial Fonte, Burgos 2025, páginas 97-130.

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