Antiguamente, todas las grandes fiestas de santos contaban con su "octava": ocho días durante los cuales se prolongaba la celebración y se profundizaba en su significado espiritual. Hoy, solo la Navidad y la Pascua han conservado este privilegio litúrgico. Son misterios demasiado hondos para agotarse en un solo día. Por eso, la Iglesia los contempla durante varios días, dejándose iluminar por ellos desde perspectivas diversas y complementarias.
La luz que se enciende en la Nochebuena crece y se expande en los días siguientes, permitiendo una comprensión cada vez más profunda del eterno designio de Dios, manifestado plenamente en Cristo. El Niño nacido en Belén es el centro desde el cual se ordena todo el tiempo litúrgico que sigue.
Las fiestas de los santos que jalonan estos días no nos apartan de la gozosa contemplación del "Emmanuel", el Dios-con-nosotros. Al contrario, la enriquecen. Cristo es el rey de los santos, y su nacimiento prepara el nacimiento y la manifestación de su cuerpo místico, ya que él es la cabeza de la Iglesia. La fiesta de Jesús se prolonga, así, en la fiesta de los mejores miembros de la Iglesia, que reflejan su luz.
Contemplando el cuerpo frágil que el Hijo de Dios asumió por amor a nosotros, se comprende también la responsabilidad de quienes hoy forman su cuerpo por el bautismo. Cada cristiano está llamado a vivir de un modo coherente con la dignidad de ser miembro de Cristo.
Los autores medievales llamaron "Comites Christi" al cortejo de santos que acompañan al Niño Jesús en Navidad, y escribieron numerosas páginas sobre el argumento. En los antiguos textos españoles se tradujo esta expresión como la “sagrada compaña”, evocando una procesión espiritual que rodea el pesebre.
Dentro de este marco se sitúan las fiestas inmediatamente posteriores a Navidad. El 26 de diciembre, san Esteban, primer mártir, fue considerado durante un tiempo la fiesta de los diáconos; el 27 de diciembre, san Juan evangelista, la de los sacerdotes; y el 28 de diciembre, los Santos Inocentes, la de los novicios y estudiantes clérigos.
Entre los siglos XI y XIV, esta última celebración dio lugar a la conocida "fiesta de los locos". En algunas catedrales se transformó en una fiesta de monaguillos, a quienes se permitía ejercer simbólicamente ciertas funciones reservadas a los canónigos. En muchos lugares surgió la figura del “obispillo”, un niño del coro que, revestido de obispo, presidía procesiones y actos festivos, recordando con humor y libertad evangélica la inversión de valores del Reino.
En España se sigue celebrando una fiesta popular en la que se hacen bromas a la gente. De hecho, los que sufren las bromas son llamados inocentes hasta el presente. También se nombran "obispillos" en varios monasterios y catedrales.
El domingo dentro de la octava de Navidad se celebra la fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret: Jesús, María y José, protagonistas inmediatos del misterio navideño y modelo de vida familiar cristiana.
El 1 de enero, la Iglesia celebra a santa María, Madre de Dios, proclamando solemnemente que Jesús es el Hijo de Dios eterno, hecho niño en el vientre de María.
El 3 de enero se conmemora el Santísimo Nombre de Jesús, nombre que significa "Salvador", por lo que expresa su identidad y su misión salvadora.
El 6 de enero se celebra la Epifanía del Señor, palabra griega que significa “manifestación”: Cristo se da a conocer como luz de las naciones, representadas en los sabios venidos de Oriente.
Finalmente, el domingo posterior a la Epifanía, la liturgia concluye este ciclo con la fiesta del Bautismo del Señor en el Jordán, donde Jesús es revelado como Hijo amado del Padre y comienza públicamente su vida y misión.
Así, la Navidad no es solo un día, sino un camino litúrgico que nos conduce desde el pesebre hasta el umbral de la vida pública de Cristo, dejándonos transformar poco a poco por la luz que ha venido al mundo.

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