Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

domingo, 14 de diciembre de 2025

El desenlace de la existencia de san Juan de la Cruz (1588-1591)


Entre 1588 y 1590, la naciente congregación de carmelitas descalzos experimentó un crecimiento vertiginoso que dificultó mantener el espíritu teresiano. Con más de mil trescientos frailes y un alto número de vocaciones jóvenes, la formación se volvió masiva y muchas comunidades prefirieron los modelos rigoristas comunes a todas las Órdenes reformadas del momento antes que la herencia humanista de Teresa. 

En 1588 Roma aprobó la constitución de la congregación y el capítulo celebrado en Madrid eligió como vicario general al P. Nicolás Doria, mientras que fray Juan fue nombrado primer definidor. Se reorganizó el gobierno, se establecieron nuevas provincias (incluida la de México) y se determinó que las monjas dependieran directamente de la "consulta" (el nuevo órgano de gobierno).

Instalado en Segovia, Juan compaginó los oficios más humildes (cultivo de la huerta, edificación del convento, enfermero) con las tareas de gobierno (correspondencia oficial, aclaraciones litúrgicas tras el cambio del rito jerosolimitano al romano, orientación de nuevas fundaciones), sin dejar la atención espiritual a monjas y seglares. 

La consulta, sin embargo, fue desarrollando un estilo de gobierno cada vez más controlado por Doria, cuyas nuevas leyes reforzaban el aislamiento y la observancia rigurosa. Mientras él multiplicaba normas y escritos, fray Juan defendía la libertad interior y el espíritu apostólico de la santa. 

El conflicto se acentuó con el intento de Doria de imponer a las monjas unas constituciones de más de cuatrocientas normas, que anulaban la libertad teresiana. Varias de las primeras compañeras de Teresa recurrieron a Roma, con el apoyo de Gracián, lo que desencadenó un capítulo extraordinario en 1590. Allí, pese a las protestas de Juan, los frailes renunciaron al gobierno de las monjas, decisión que lo dejó profundamente herido.

En los meses siguientes estalló el “gran desengaño”. La Santa Sede nombró a Juan juez en dos causas contra Doria (la del P. Pedro de la Purificación y la de Jerónimo Gracián) y emitió un breve para limitar el poder absoluto de la consulta. Antes de que estos documentos surtieran efecto, Doria convocó el capítulo general de 1591, en el que Juan quedó libre de cargos. 

Durante las sesiones habló con franqueza: criticó la multiplicidad de leyes, defendió la persona de Gracián y se mostró protector de las monjas. Pero comprendió que la mayoría apoyaba a Doria y decidió ofrecerse para la misión de México, buscando comenzar de nuevo lejos de intrigas. El definitorio aceptó su propuesta, pero cuando llegó un nuevo breve que anulaba las decisiones anteriores sobre las monjas, se decidió retenerlo. 

Juan pidió entonces retirarse a una casa de soledad y se trasladó a La Peñuela (la actual Carolina), en Andalucía, donde vivió en obediencia y humildad.

Allí comenzó la persecución final: sospechas, interrogatorios y confiscación de escritos. A pesar de todo, sus cartas desde el destierro revelan paz interior, abandono en Dios y ausencia de resentimiento. 

Una grave infección en la pierna obligó a trasladarlo a Úbeda, donde murió la noche del 13 al 14 de diciembre de 1591, escuchando el "Cantar de los cantares" y anunciando que iría “a cantar maitines al cielo”. Su tránsito coronó una vida entregada, herida por la incomprensión, pero victoriosa en humildad y amor.

Resumen del capítulo séptimo de mi libro Eduardo Sanz de Miguel, «Luz en la noche del alma. Vida y legado de san Juan de la Cruz». Grupo editorial Fonte, Burgos 2025, páginas 157-172.

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