La calenda de Navidad (a veces, escrito "kalenda", como en latín) es uno de los textos litúrgicos más solemnes y densos del cristianismo. Con un lenguaje solemne y una cadencia que recuerda los grandes anuncios bíblicos, la Iglesia proclama que el nacimiento de Jesús no es un hecho aislado ni improvisado, sino el centro hacia el que converge toda la historia desde los orígenes. El tiempo deja de ser una simple sucesión de fechas y se revela como un camino guiado por Dios, lleno de promesas, caídas, aprendizajes y esperanza.
El texto recorre los grandes hitos de la historia sagrada: la creación, el surgimiento del hombre a imagen de Dios, la llamada de Abrahán, el éxodo con Moisés, la monarquía a partir de David y la purificación del exilio en Babilonia. Cada etapa manifiesta una pedagogía divina: Dios educa lentamente a la humanidad, preparándola para acoger el don definitivo. Incluso los fracasos (la infidelidad, el destierro, la espera dolorosa) se convierten en lugar de maduración del deseo de salvación.
Pero la calenda no se queda solo en la historia bíblica. Sitúa el nacimiento de Jesús en coordenadas precisas de la historia universal: olimpiadas, fundación de Roma, reinado de Augusto. Así confiesa que Dios entra en la historia concreta de los hombres, en un mundo que sigue necesitando la salvación que Cristo nos trae.
El contraste final es decisivo: el Eterno nace en Belén, en un pesebre. La grandeza de Dios se manifiesta en la humildad. Por eso, al escuchar la calenda, la Iglesia no solo recuerda un acontecimiento pasado, sino que proclama una certeza viva: la historia tiene sentido, porque Dios ha puesto su tienda entre nosotros. De ahí brota la alegría de esta noche santa, la alegría de saber que la esperanza no defrauda.
La antigua versión latina sigue cantándose en muchos sitios y en otros se usan distintas traducciones o recreaciones del mismo. Pongo primero el vídeo y el texto del "Libro de la sede" de España y más abajo una versión latinoamericana, cantada por seminaristas chilenos.
Hermanos, os anunciamos una buena noticia,
una gran alegría para todo el pueblo;
escuchadla con corazón gozoso.
Habían pasado miles de años
desde que, al principio, Dios creó el cielo y la tierra,
asignándoles un progreso continuo a través de los tiempos.
Miles y miles de años
desde el momento en que Dios
quiso que apareciera en la tierra el hombre,
hecho a su imagen y semejanza.
Hacía unos dos mil años que Abrahán, el padre de nuestra fe,
obediente a la voz de Dios,
se dirigió a una tierra desconocida
para dar origen al pueblo elegido.
Hacía unos mil doscientos años que Moisés
hizo pasar a pie enjuto por el Mar Rojo
a los hijos de Israel.
Hacía unos mil años que David, un sencillo pastor
que guardaba los rebaños de su padre Jesé,
fue ungido como rey de Israel.
Hacía unos setecientos años que Israel,
que había reincidido en las infidelidades de sus padres,
fue deportado por los caldeos a Babilonia,
en donde aprendió a esperar un salvador.
Cuando, finalmente, durante la olimpiada 94,
el año 752 de la fundación de Roma,
el año 14 del reinado del emperador Augusto,
cuando en el mundo entero reinaba una paz universal,
hace 2025 años,
en Belén de Judá, pueblo humilde de Israel,
en un pesebre, porque no tenía sitio en la posada,
de María virgen, esposa de José,
de la casa y familia de David,
NACIÓ JESÚS, DIOS ETERNO,
HIJO DEL ETERNO PADRE Y HOMBRE VERDADERO,
llamado Mesías y Cristo,
que es el salvador que los hombres esperaban,
la Palabra que ilumina a todo hombre,
el camino, la verdad y la vida.
Nosotros, los que creemos en él,
nos hemos reunido en esta noche santa,
para celebrar con alegría la Navidad.
Hermanos, alegraos,
haced fiesta y celebrad la mejor noticia
de toda la historia de la humanidad.
Os anuncio una nueva de gozo:
Habían pasado millones de años después la creación,
cuando en un principio creó Dios el cielo y la tierra;
y miles de años después del diluvio;
hacia el año 2015 después del nacimiento de Abrahán,
hacia el año 1510 después de Moisés
y de la salida del pueblo israelita de Egipto;
hacia el año 1032 después de la unción de David,
en la semana 65 según la profecía de Daniel.
En la olimpiada 194,
en el año 752 de la fundación de Roma,
en el año 42 del imperio de Octavio Augusto;
con todo el orbe pacificado,
Hace ahora 2025 años:
JESUCRISTO, HIJO DEL PADRE, DEL DIOS ETERNO,
queriendo santificar el mundo con su venida,
concebido por obra del Espíritu Santo,
y pasado los nueve meses de la concepción,
nació en Belén de Judá
de la Virgen María, hecho hombre.
¡Os anuncio una nueva de gozo!

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