Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

jueves, 25 de diciembre de 2025

Letrilla de Góngora al nacimiento de nuestro Señor


Durante la Edad Media, el latín fue evolucionando progresivamente hasta dar lugar a las lenguas llamadas “romances”. Para el pueblo llano, los poemas escritos en esta lengua naciente se convirtieron en el cauce privilegiado para narrar, cantar y celebrar los grandes acontecimientos humanos y religiosos, frente al latín, que permanecía como idioma culto. Estas composiciones recibieron precisamente el nombre de "ROMANCES". 

Con el paso del tiempo, sin desaparecer del todo (baste recordar los romances de san Juan de la Cruz), fueron cediendo protagonismo a otras formas poéticas y musicales, que gozaron de enorme difusión: las letrillas y los villancicos. Ambos géneros estaban pensados para ser recitados o cantados, y alcanzaron especial relevancia en las grandes fiestas litúrgicas: Navidad, Epifanía, Corpus Christi, cuando la fe se expresaba no solo en la liturgia, sino también en la poesía y la música.

LA LETRILLA se caracteriza por estrofas cortas (coplas, redondillas o cuartetas) rematadas siempre por un estribillo que condensa el sentido del poema y vuelve una y otra vez como un eco insistente, fijando en la memoria una imagen, una idea o una emoción central. 

EL VILLANCICO, muy cercano en espíritu, solía permitir un desarrollo temático algo más amplio en las estrofas, aunque compartía el tono popular, festivo y repetitivo. 

Nuestros autores clásicos cultivaron estas formas con extraordinaria libertad y creatividad. Entre ellos destaca Luis de Góngora y Argote (1561-1627), el poeta más original y audaz del Siglo de Oro español. Máximo representante del culteranismo o gongorismo, Góngora no buscaba la claridad inmediata: alteraba el orden sintáctico, acumulaba metáforas, recurría a la tradición clásica y obligaba al lector a detenerse en el poema, a leer despacio, a saborearlo con paciencia. 

Cuando escribe esta letrilla navideña, ese lenguaje refinado se pone al servicio de una escena humildísima: el nacimiento de Cristo sobre el heno.

El poema se articula en torno a una imagen central de gran belleza y profundidad simbólica: MARÍA ES LA AURORA Y CRISTO ES EL SOL que nace tras la noche. Esta comparación, de hondas raíces bíblicas y patrísticas, expresa que María no es la luz definitiva, sino aquella que la precede, la anuncia y la entrega al mundo. En el momento en que “reinaba la noche fría” y el universo parecía sometido a la “monarquía de tiniebla”, la Aurora se abre y deja caer un clavel sobre el suelo.

EL CLAVEL ES EL NIÑO JESÚS. La flor remite a la carne y a la sangre, al color rojo de la vida y, al mismo tiempo, al del sacrificio. El recién nacido lleva ya inscrita en su belleza la promesa de la Pasión. Más adelante, Góngora lo llamará “ROSICLER”, término que designa tanto una piedra preciosa de tono rubí como el resplandor rosado que tiñe el cielo al amanecer. La imagen une magistralmente lo cósmico y lo humano: el cielo entero se llena de esperanza porque Dios ha entrado en la historia.

Uno de los versos más delicados del poema afirma que LA VIRGEN ESTÁ “DE UN SOLO CLAVEL CEÑIDA”. No se trata solo de una imagen poética, sino de una clara afirmación teológica: María ha dado al mundo un único Hijo y, tras entregarlo, permanece “cual antes florida”, es decir, virgen antes, durante y después del parto. 

EL HENO, símbolo de pobreza y fragilidad, es el único que ha sido “fiel” a la púrpura caída: el lugar humilde que acoge la gloria. El poema culmina con una inversión admirable: el heno, por haber sostenido al Niño, se convierte en lino para su lecho y oro para su dosel. Lo pobre es ennoblecido, lo pequeño es glorificado, lo insignificante se vuelve digno de Dios. Es una intuición profundamente evangélica y navideña: Dios no transforma el mundo desde el poder, sino desde la humildad acogida con sencillez.

No quiero detenerme más en el análisis técnico del texto, como haría un profesor de literatura. Prefiero dejar que el estribillo resuene en el corazón como una oración sencilla y jubilosa. Alegrarme con el heno y con el suelo, porque María nos ha dado a Cristo. Alegrarme porque, en medio de nuestras noches frías, ha caído sobre nosotros la flor divina: luz, calor, belleza, esperanza y salvación. A él la gloria por los siglos. Amén. 

            Caído se le ha un clavel
            hoy a la Aurora del seno:
            ¡qué glorioso que está el heno,
            porque ha caído sobre él!

Cuando el silencio tenía
todas las cosas del suelo,
y coronada de hielo
reinaba la noche fría,
en medio la monarquía
de tiniebla tan crüel,
            caído se le ha un clavel
            hoy a la Aurora del seno:
            ¡qué glorioso que está el heno,
            porque ha caído sobre él!

De un solo clavel ceñida
la Virgen, Aurora bella,
al mundo se lo dio, y ella
quedó cual antes florida;
a la púrpura caída
solo fue el heno fïel.
            Caído se le ha un clavel
            hoy a la Aurora del seno:
            ¡qué glorioso que está el heno,
            porque ha caído sobre él!

El heno, pues, que fue digno,
a pesar de tantas nieves,
de ver en sus brazos leves
este rosicler divino,
para su lecho fue lino,
oro para su dosel.
            Caído se le ha un clavel
            hoy a la Aurora del seno:
            ¡qué glorioso que está el heno,
            porque ha caído sobre él!

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