Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

martes, 9 de diciembre de 2025

San Juan Diego


El 9 de diciembre se celebra la fiesta de san Juan Diego Cuauhtlatoatzin, el «águila que habla», un hombre sencillo cuyo corazón fue elegido para acoger un mensaje del cielo. En aquel diciembre de 1531, cuando las primeras luces del alba apenas rozaban la colina árida del Tepeyac, un indígena chichimeca, bautizado pocos años antes junto a su esposa Malintzin, caminaba preocupado por la enfermedad de su tío. Era un tiempo de cambios profundos, en el que estaba naciendo una nueva realidad mestiza en las tierras de Anáhuac.

En ese momento y en ese lugar, la Madre del Señor se acercó a Juan Diego y tomó un rostro mestizo, el rostro del pueblo que estaba naciendo, para que todos pudieran reconocer en ella a una madre cercana. Sus palabras siguen siendo un abrazo que no envejece: «¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?» Allí, donde antes crecían espinas, florecieron rosas. Donde había incertidumbre, se encendió una certeza: Dios visita a los pequeños y, a través de ellos, transforma la historia.

La tilma de Juan Diego con la imagen de la Morenita del Tepeyac es más que un prodigio: es un puente. Une mundos, lenguas, heridas y esperanzas. Es un evangelio silencioso que habla en colores, un abrazo maternal que cobija a quienes se sienten extranjeros, cansados o sin rumbo. María se inclinó hacia Juan Diego como quien se inclina hacia un hijo amado, y en su regazo reveló que todos (los de antes y los de ahora) vivimos bajo su sombra protectora.

Juan Diego acogió aquel regalo con la misma humildad con la que vivió toda su existencia. Una vez que el obispo aceptó la verdad de las apariciones y admiró el prodigio de la imagen plasmada en la tilma, el indito se consagró a cuidar la capilla del Tepeyac, a acompañar a los peregrinos y a compartir lo que tenía con los pobres. Murió en 1548, pero su testimonio sigue siendo una llamada a la confianza en la Madre del Señor y de todos los pueblos.

Hoy, al recordar su fiesta, volvemos a escuchar la voz materna que resuena desde el Tepeyac: no temas, no te inquiete nada. Encomendamos a todos los que celebran la novena guadalupana y pedimos que esta ternura que abrazó al «águila que habla» siga sosteniendo nuestros pasos. Que la Morenita del Tepeyac nos reúna a todos bajo su manto. Amén.

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