Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

lunes, 22 de diciembre de 2025

Navidad: historia y teología


La Navidad es, entre todas las celebraciones cristianas, una de las que mayor huella ha dejado en la cultura y en la vida social. Sus manifestaciones desbordan ampliamente el ámbito litúrgico y se expresan en tradiciones populares, gastronomía, música, teatro, cine, actividades infantiles y campañas solidarias. Sin embargo, esta amplia repercusión cultural conlleva también un riesgo: el de vaciar la Navidad de su contenido propiamente religioso, reduciéndola a una evocación sentimental o folclórica, sin consecuencias reales para la vida cristiana. De ahí la necesidad de volver a lo esencial: la contemplación orante del misterio que se celebra.

La Navidad no es simplemente una fiesta de cumpleaños ni una celebración de la infancia en abstracto. Es, ante todo, la conmemoración del acontecimiento decisivo de la fe cristiana: la entrada del Hijo de Dios en la historia humana. En ella, la Iglesia no solo recuerda un hecho pasado, sino que celebra una presencia permanente. El Hijo de Dios ha asumido nuestra carne y ha querido permanecer para siempre con la humanidad. Por eso, la Navidad es memoria, pero también actualidad y promesa.

La liturgia subraya que este tiempo celebra la manifestación de la identidad y la misión de Jesucristo. El nacimiento humilde en Belén, anunciado a los pastores; la adoración de los Magos, primicia de los pueblos gentiles; el bautismo en el Jordán, donde el Padre revela públicamente a su Hijo; y el signo de Caná, donde Jesús manifiesta su gloria, son distintos momentos de un único misterio de revelación. La Navidad se inscribe así dentro de un arco teológico más amplio, que culmina en la Pascua.

EL LUGAR DE LA NATIVIDAD. Belén ocupa un lugar central en la memoria cristiana. Según la profecía de Miqueas, el mesías debía nacer en la ciudad de David, y así lo atestiguan los evangelios. Aunque estos no ofrecen descripciones detalladas del acontecimiento, desde muy antiguo, los cristianos veneraron la gruta del nacimiento. A pesar de los intentos de borrar esta memoria (como el bosque dedicado a Adonis plantado por el emperador Adriano), la tradición local se mantuvo viva, como confirman autores de los siglos II y III.

Con la paz constantiniana, la veneración del lugar se institucionalizó. Santa Elena mandó construir una basílica sobre la gruta, posteriormente ampliada por Justiniano, que es la que ha llegado hasta nuestros días. La basílica de la Natividad se convirtió en un centro de peregrinación, y su arquitectura y simbología (especialmente la pequeña puerta de acceso) han sido interpretadas como una invitación a la humildad necesaria para entrar en el misterio de la encarnación. Desde allí, las celebraciones navideñas comenzaron a difundirse a otros lugares, impulsadas por los peregrinos cuando regresaban a sus tierras.

EN ROMA, esta evocación de Belén se concretó en la basílica de Santa María la Mayor, construida en torno a una capilla dedicada a la Virgen «junto al pesebre». Asociada desde muy pronto a la celebración de la Navidad, la basílica fue enriquecida con mosaicos que narran la historia de la salvación como una procesión que converge en Cristo. De manera significativa, el trono representado en el arco triunfal aparece vacío, indicando que el Señor ha descendido del cielo y ha elegido la humildad del establo. La cuna de Belén, conservada en la cripta, se convierte así en el verdadero centro de la historia.

LA CELEBRACIÓN LITÚRGICA de la Navidad el 25 de diciembre está documentada en Roma en el siglo IV, aunque existen indicios de que su origen es anterior. La Epifanía, por su parte, nació en Oriente y conmemoraba inicialmente el bautismo del Señor, incorporando progresivamente otros aspectos de su manifestación. Con el tiempo, ambas fiestas se intercambiaron entre Oriente y Occidente, manteniendo fechas distintas, pero celebrando un único misterio desde perspectivas complementarias. Mientras que Occidente subrayó la encarnación y la humanidad asumida por Cristo, Oriente destacó la manifestación de su gloria y su divinidad.

HISTORIA. Diversos factores confluyeron en el surgimiento y la configuración de las fiestas de Navidad en las fechas concretas en que las celebramos: 

Las saturnales, celebradas en diciembre, incluían banquetes, intercambios de regalos y una cierta inversión del orden social. En este contexto, los cristianos pudieron reinterpretar estas prácticas a la luz del evangelio, celebrando a Cristo como verdadero liberador, regalo del Padre a la humanidad y alimento de vida.

Más discutida es la relación con el mitraísmo, que celebraba el nacimiento de Mitra el 25 de diciembre en una gruta. Dado el escaso material textual conservado, cualquier afirmación al respecto resulta problemática. 

La influencia del culto solar, especialmente del «Natalis Solis Invicti» promovido por el emperador Aureliano, parece más clara. La celebración del solsticio de invierno simbolizaba la victoria de la luz sobre las tinieblas (a partir de ese día, las noches son más cortas y los días más largos), una imagen que los cristianos reinterpretaron cristológicamente, proclamando a Cristo como la verdadera luz del mundo. Los padres de la iglesia denunciaron con frecuencia los excesos paganos asociados a estas fiestas y exhortaron a los fieles a vivir la Navidad desde la oración, la escucha de la Palabra y la caridad. Esta transformación progresiva de las fiestas solares en celebraciones cristianas no fue una simple sustitución, sino una purificación y elevación simbólica. 

LA TEOLOGÍA SIMBÓLICA DE LOS PADRES ofrece una clave profunda para comprender la elección de la fecha del 25 de diciembre. Según antiguas tradiciones judías, los grandes acontecimientos de la historia de la salvación tendrían lugar en una misma fecha. Así, algunos Padres situaron la creación del mundo, la concepción de Cristo y su muerte redentora el 25 de marzo. De ahí que el nacimiento se celebrara nueve meses después, el 25 de diciembre. Este modo de pensar subraya la unidad del designio divino, en el que creación y redención forman parte de un único plan.

Asimismo, los Padres relacionaron el nacimiento de Jesús con el de san Juan Bautista, situándolos en los solsticios de invierno y verano respectivamente. De este modo, el crecimiento y la disminución de la luz se convertían en símbolo de la misión de ambos: Cristo crece, Juan disminuye. Aunque estas explicaciones no pretendan ser históricamente exactas, fueron decisivas para la configuración teológica de la fiesta y para expresar la convicción de que Cristo es el centro y el sentido de toda la creación. La elección del 25 de diciembre se comprende mejor desde la relación entre creación, encarnación y cruz, más que como una simple reacción frente a cultos paganos. La Navidad proclama así la victoria definitiva de la luz verdadera sobre las tinieblas del mal y del pecado.

El lenguaje cósmico servía para expresar una verdad histórica: Dios ha intervenido realmente en la historia humana. Este simbolismo cósmico, sin embargo, no agota el sentido de la Navidad. El cristianismo no se funda en mitos cíclicos, sino en acontecimientos históricos concretos. La encarnación es un hecho real, que da sentido a toda la creación y a la historia. Por eso, la Navidad tiene el mismo significado en cualquier lugar del mundo, independientemente de las estaciones o del contexto cultural. La universalidad de su celebración manifiesta que el misterio de Cristo trasciende todos los condicionamientos geográficos.

Finalmente, la celebración de la Navidad estuvo estrechamente vinculada a la LUCHA CONTRA LAS PRIMERAS HEREJÍAS CRISTOLÓGICAS. Al celebrar litúrgicamente que el Verbo se ha hecho carne, la Iglesia defendía el realismo de la encarnación frente a interpretaciones que negaban la verdadera humanidad o divinidad de Cristo. De este modo, la Navidad no solo conmemora un acontecimiento, sino que proclama una verdad de fe fundamental: Dios se ha hecho hombre para salvar a los hombres, y este misterio alcanza su plenitud en la Pascua.

En definitiva, la Navidad es la celebración del amor de Dios que entra en la historia, asume nuestra fragilidad y la transforma desde dentro. Su riqueza histórica, simbólica y teológica invita a los creyentes a ir más allá de lo superficial, para adentrarse en el misterio de un Dios que se hace cercano y permanece para siempre con la humanidad.

Resumen de las páginas 93-108 de mi libro Eduardo Sanz de Miguel, "La fe celebrada. Historia, teología y espiritualidad del año litúrgico en los escritos de Benedicto XVI", Burgos 2012.

1 comentario:

  1. Y si, hemos pasado de correr el riesgo a una consecuencia que ha degenerado en comida, bebida, arbolito 🎄 y vacaciones. Una "fiesta"
    con otro sentido que nada tiene que ver con un
    Niño-Dios que nace.
    Nos toca a catequistas y a Uds evangelizadores modificar el rumbo. Atrevernos. Tal vez no vivamos para ver los resultados, no lo sé. Pero al menos tratar.

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