sábado, 20 de diciembre de 2025
Jesús es Emmanuel
En este cuarto domingo de Adviento, cuando ya sentimos tan cercana la Navidad, el evangelio nos invita a detenernos en los acontecimientos que precedieron el nacimiento de Jesús. En el ciclo “a” escuchamos a san Mateo, que nos narra estos hechos desde una perspectiva muy concreta: la de san José, el prometido de María. No es un detalle menor. Antes de llegar a Belén, la Iglesia nos invita a contemplar el camino interior de dos creyentes (María y José) que supieron acoger el misterio de Dios con un corazón dócil y confiado.
María es la mujer llena de gracia, la que se fía totalmente de la Palabra del Señor, aun cuando esa Palabra desborda sus planes y su comprensión. José, por su parte, es presentado como “justo”: un hombre fiel, silencioso, que sabe escuchar a Dios en medio de la noche y que prefiere creer al Señor antes que dejarse llevar por la duda, el miedo o el orgullo humano. Con ellos caminamos hacia la Navidad, aprendiendo que la fe no es ausencia de dificultades, sino confianza obediente en el Señor.
La concepción virginal de Jesús en el seno de María nos recuerda una verdad decisiva: el Salvador no es fruto del esfuerzo de la humanidad ni de su progreso moral o religioso. Es, ante todo, un don gratuito de Dios. En el momento de su concepción, Jesucristo no comienza a existir sin más; el Hijo eterno del Padre, que existe desde siempre, comienza a existir como hombre, de una manera nueva, para entrar plenamente en nuestra historia. Por eso el evangelio lo proclama con dos nombres que encierran todo el misterio de la Navidad.
El ángel dice a José: “Le pondrás por nombre Jesús”. Jesús significa “Dios salva”. Y eso es exactamente lo que celebramos: Dios viene a salvarnos, a rescatarnos del pecado, a ofrecernos el perdón, la vida verdadera y la paz del corazón. En él somos hechos hijos de Dios y herederos de la vida eterna.
Pero el evangelio añade un segundo nombre: “Emmanuel”, que significa “Dios con nosotros”. No solo somos salvados desde lo alto; somos acompañados. Dios se ha hecho cercano en Jesús y ha querido quedarse para siempre entre nosotros, compartiendo nuestra condición humana, nuestras alegrías y nuestras heridas.
En estos últimos días de Adviento, pidamos la gracia de un corazón como el de María y el de José: humilde, confiado y abierto al misterio. Que al celebrar la Navidad podamos acoger con fe a Jesús, nuestro Salvador, y reconocer con gozo que él es verdaderamente el Emmanuel, Dios con nosotros. Amén.
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