Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

sábado, 29 de noviembre de 2025

"Introito" con música gregoriana para el domingo primero de Adviento


El “Introito” (canto de entrada de la misa) tradicional con música gregoriana para el domingo primero de Adviento es el inicio del salmo 25 [24 en la versión griega y latina]. Copio primero el texto en latín, después la traducción al español y, por último, explico el texto y la música:

Ad te levávi ánimam meam; 
Deus meus, in te confído, 
non erubéscam neque inrídeant me inimíci mei; 
étenim univérsi qui te exspéctant, non confundéntur. 

 Vias tuas, Domine, demonstra mihi: et semitas tuas edoce me.

A ti levanto mi alma; 
Dios mío, en ti confío, no quede yo defraudado; 
que no triunfen de mí mis enemigos, 
pues todos los que esperan en ti no quedan defraudados.

Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas.

El primer sonido del año litúrgico cristiano es una súplica. Antes que cualquier otra palabra, la Iglesia pone en boca del orante esta elevación del alma: “A ti levanto mi alma”. El canto gregoriano del “Introito” envuelve esta frase inicial en un clima de delicada expectativa: la melodía asciende suavemente sobre las palabras “Ad te levávi”, dibujando con notas largas y fluidas el gesto interior del alma que se alza hacia Dios. No es un ascenso triunfal, sino humilde, casi tembloroso; un movimiento que expresa el deseo más que la posesión, la confianza más que la seguridad.

En “Deus meus, in te confído”, la línea melódica se serena y se centra. Aquí el gregoriano evita cualquier dramatismo: la confianza no necesita gritar, basta su gravedad tranquila. El modo, propio de los cantos de súplica confiada, sostiene esta atmósfera: en lugar de la tensión de un lamento, resuena la firmeza del que sabe que puede apoyarse en Dios. La teología del Adviento comienza precisamente aquí: esperar confiando, no por nuestras fuerzas, sino porque Dios es fiel a sus promesas.

La frase siguiente introduce una sombra: “non erubéscam neque inrídeant me inimíci mei”. La melodía baja ligeramente y se vuelve más contenida, casi recogida, como si el cantor tomara conciencia de la fragilidad del creyente expuesto a la burla o al fracaso. Pero enseguida, con “étenim univérsi qui te exspéctant”, el canto vuelve a abrirse, expandiéndose en un giro melismático que subraya la palabra clave del Adviento: “expectare” (‘esperar’). Todos los que esperan en el Señor (afirma la última cadencia) no quedan confundidos, no son abandonados, no terminan en el vacío. Es la certeza de la esperanza cristiana, dicha no en argumentación teológica, sino en el lenguaje del canto: una esperanza vibrante, respirada, casi corporal.

Tras esta súplica inicial, el versículo del salmo introduce la segunda dimensión del Adviento: caminar. “Vias tuas, Domine, demonstra mihi; et semitas tuas edoce me”. La música, más silábica y directa, suena como petición práctica: no basta esperar, hay que ponerse en camino. Adviento es “discernir las sendas del Señor”, dejarse instruir, aprender a andar. La melodía acompaña este paso interior: clara, sin adornos excesivos, como invitando a la sobriedad activa, a la vigilancia que caracteriza las primeras semanas de este tiempo.

Teológicamente, este “Introito” resume el corazón del Adviento: la elevación del alma, la confianza que no defrauda, la espera vigilante y la disponibilidad para aprender el camino que conduce hacia el Dios que viene. Musicalmente, el gregoriano lo expresa con una perfecta unión entre texto y melodía: ascenso y serenidad, súplica y esperanza, recogimiento y apertura. El resultado es una puerta musical que introduce al creyente en el tono espiritual de todo el tiempo: humilde expectación y deseo ardiente de la venida del Señor.

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