San Juan de la Cruz (1542-1591) nació en Castilla, que en aquellos momentos dictaba los destinos de Occidente. En esos años la «monarquía católica» hispana alcanzó su máximo poderío económico, militar y cultural. Se trata del célebre «Siglo de Oro» español, en el que las universidades de Salamanca y Alcalá eran referentes europeos en el ámbito del saber.
La efervescencia cultural se tradujo en un florecimiento de todas las artes: Juan del Encina y Tomás Luis de Victoria componían música; gigantes de la literatura como Garcilaso de la Vega, fray Luis de León, Lope de Vega, Luis de Góngora y Miguel de Cervantes publicaban sus obras en verso y en prosa. Mientras Juan de Herrera levantaba el monasterio de El Escorial, Diego de Siloé, Juan de Juni y el Greco creaban algunas de sus obras maestras.
Las ciudades españolas adquirieron un aire cosmopolita. En ellas se asentaron arquitectos, escultores y pintores italianos y flamencos, y se enriquecieron también con el incipiente arte colonial americano y con las influencias artísticas que llegaban del lejano Oriente a través del comercio con Filipinas.
Las bellas artes conocieron un desarrollo y una creatividad sin precedentes, dejando un legado todavía visible hoy en los templos, palacios, hospitales, edificios públicos y fuentes, que embellecieron los pueblos y ciudades de España.
La infancia de Juan de Yepes transcurrió bajo el gobierno de Carlos V (1500-1558), emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y soberano de un vasto conjunto de territorios . Con él y sus acompañantes flamencos encontraron carta de ciudadanía en España las ideas reformistas y humanistas de su amigo y protegido Erasmo de Rotterdam, que se fusionaron con otras corrientes de similar orientación ya presentes en la península desde el siglo anterior.
Su vida adulta coincidió con el reinado de Felipe II (1527-1598). Aunque los territorios centroeuropeos del imperio los heredó Fernando I (hermano de Carlos V), todos los demás pasaron a su hijo Felipe II en 1556. Primero fue rey de Nápoles (desde 1554) y rey consorte de Inglaterra e Irlanda (entre 1554 y 1558). Desde 1580 también fue rey de Portugal (con todas sus posesiones en África, Asia y América). Sus ejércitos consolidaron la expansión castellana en América y extendieron su presencia en Asia (conquistando varias islas, entre las que destaca el archipiélago de Filipinas, llegando incluso a proyectar la invasión de China). Con razón se afirmaba que en sus dominios «nunca se ponía el sol».
La sociedad española y europea del siglo XVI vivía un proceso de transformación que, salvando las distancias, tiene interesantes paralelos con nuestra época de cambios acelerados. Las antiguas estructuras sociales de la Edad Media (el Imperio, la nobleza feudal asentada en sus castillos, que dominaba amplios espacios rurales, etc.) estaban en descomposición mientras surgían otras nuevas (los Estados nacionales, una nobleza cortesana dedicada a la administración y residente en los palacios de la Corte, etc.). La economía, basada hasta entonces en la agricultura y la ganadería, evolucionaba con el auge de los gremios artesanos, el comercio y una burguesía dedicada a las finanzas.
Como es natural, las creencias y las prácticas religiosas también evolucionaban. Los numerosos movimientos reformistas del momento convivían ‒y chocaban‒ con grupos anclados en las costumbres heredadas, que les ofrecían seguridad, generando intensos debates entre los representantes de las diversas opciones.
Muchos propugnaban una reforma de las instituciones y de la doctrina. Juan de la Cruz apostó por una reforma interior, profunda y experiencial, un camino de unión con Dios que pretendía trascender las disputas para adentrarse en el misterio.
Tomado de mi libro Eduardo Sanz de Miguel, «Luz en la noche del alma. Vida y legado de san Juan de la Cruz». Grupo editorial Fonte, Burgos 2025, páginas 23-25.

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