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martes, 3 de febrero de 2026

SAN BLAS, tradiciones y oraciones


San Blas, cuya memoria litúrgica se celebra el 3 de febrero (el 11 en algunas tradiciones orientales), es uno de los mártires más populares de la cristiandad. Fue obispo de Sebaste, en Armenia (la actual Sivas, en Turquía) y sufrió el martirio a comienzos del siglo IV.

Su figura histórica (su episcopado, su martirio y la antigüedad de su culto tanto en Oriente como en Occidente) está sólidamente atestiguada por la tradición, aunque los detalles sobre su vida y milagros se enriquecieron con narraciones populares a partir del siglo IX.

Nacido en Sebaste (Armenia, actual Sivas en Turquía) en la segunda mitad del siglo III, Blas ejerció la medicina antes de ser llamado al episcopado. Su biografía destaca que el cuidado de los cuerpos fue el preludio de su “medicina de las almas”. En un tiempo de duras persecuciones bajo el mandato de Licinio, clero y pueblo lo eligieron unánimemente como obispo por sus virtudes: humildad, mansedumbre y una fe inquebrantable.

Las “Actas” lo presentan como un pastor valiente. Un detalle significativo de su celo apostólico fue su visita a la cárcel al mártir san Eustracio, a quien consoló y llevó la eucaristía antes de su muerte. Es la imagen del obispo que sostiene a su grey en la clandestinidad y el peligro.

Al recrudecerse la persecución, san Blas se retiró a una cueva en el monte Argeo. Allí, la tradición hagiográfica destaca un rasgo simbólico: los animales salvajes acudían a él mansamente y el santo oraba por sus dolencias. En la hagiografía oriental, este episodio subraya la restauración del orden paradisíaco a través de la santidad, un eco de lo que también se narra de figuras como san Antonio Abad o san Jerónimo.

Fue precisamente un grupo de cazadores quienes, al descubrir esta inusitada asamblea de fieras en torno al santo, lo denunciaron a las autoridades.

Camino al tribunal, tuvo lugar el episodio que sellaría su patronazgo: una madre le presentó a su hijo, que se estaba asfixiando por una espina clavada en la garganta. San Blas oró, trazó la señal de la cruz y el niño sanó. Este hecho, citado en el siglo VI por el médico de la corte bizantina Aecio de Amida, lo convirtió en el protector universal contra las afecciones de la garganta.

Así lo narra Jacobo de la Vorágine en la “Leyenda dorada” (siglo XIII): «Mientras era conducido a la prisión, una mujer se le acercó llorando y le presentó a su hijo, el cual estaba a punto de expirar porque se le había atravesado en la garganta una espina de pescado que no podía ni tragar ni expulsar. San Blas puso su mano sobre el niño, hizo sobre él la señal de la cruz y oró a Dios, pidiéndole que aquel niño sanase, y que cuantos en adelante le invocaran para obtener el alivio de cualquier mal de garganta o de alguna otra enfermedad, fueran benignamente escuchados. Tan pronto como terminó su oración, el niño quedó sano».

Llevado ante el prefecto, se negó a adorar a los falsos dioses. Fue azotado y torturado con garfios o peines de hierro (razón por la cual es también patrón de los cardadores de lana). Junto a él sufrieron martirio siete mujeres que recogieron su sangre como reliquia. Finalmente, fue decapitado, consumando su testimonio de fidelidad.

Su culto se difundió extraordinariamente. En Constantinopla tuvo templo propio; en Roma se le dedicaron numerosas iglesias; es el patrono principal de muchos lugares, como Paraguay u la ciudad de Dubrovnik, en Croacia, donde es considerado “Defensor Civitatis” y se celebra una gran procesión con sus reliquias y estandartes. Su fiesta es patrimonio cultural inmaterial de la humanidad por la UNESCO. Se le cuenta entre “los catorce santos auxiliadores”. En varios países se le invoca también como protector del ganado y de ciertos oficios.

En la hagiografía oriental se da mucha importancia a la sumisión de los animales salvajes a san Blas (como también se cuenta de san Antonio Abad y san Jerónimo) para subrayar la restauración del orden paradisíaco a través de la santidad.

La devoción popular se expresa en la bendición de san Blas con dos velas cruzadas sobre la garganta (normalmente bendecidas el día anterior, fiesta de la “Candelaria”), y en la bendición de pan, vino o frutos. El refranero lo vincula al ritmo agrícola: 
«Por san Blas, una hora más», aludiendo a que los días ya se alargan perceptiblemente.
«Por san Blas, si aún no lo has sembrado, siembra tu ajar».
«Por san Blas, planta higos y comerás».
«Por san Blas empieza a podar la viña y el rosal».
«Si hiela por san Blas, treinta días más».
«Por san Blas la cigüeña verás, y si no la vieres: año de nieves».

Este último refrán se refiere al regreso de las cigüeñas desde África hacia la península ibérica, signo tradicional de que el invierno comienza a ceder. Aunque, con el cambio climático, hace años que andan confundidas, regresando antes de tiempo o incluso quedándose aquí durante el invierno. [En la foto se ven cigüeñas en el tejado del Carmen de Soria].

Algo semejante sucede, en otro contexto cultural, con el “día de la marmota” en Estados Unidos, donde el comportamiento del animal se interpreta como augurio del fin o la prolongación del invierno.

San Blas aparece, así, como un santo cercano, intercesor en las dolencias del cuerpo y también en las “enfermedades” del alma: la dificultad para confesar la fe, los miedos y ataduras interiores. Su figura une martirio, ternura pastoral y esperanza en medio del invierno de la historia.

Oración: Padre celestial, escucha las súplicas de tu pueblo, que hoy te invoca apoyado en la protección de tu mártir san Blas: concédenos, por sus méritos, salud en la garganta, la paz en esta vida y el premio de la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

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