Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

martes, 24 de febrero de 2026

COMO LA LLUVIA Y LA NIEVE: la fecundidad silenciosa de la Palabra de Dios


En la primera lectura de la misa de hoy, el Señor dice por medio del profeta Isaías: «Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mi vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo» (Is 55,10-11).

El profeta contempla el ciclo humilde y silencioso de la naturaleza: la lluvia y la nieve descienden del cielo, empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar. No regresan inmediatamente a las alturas, sino que cumplen antes su misión escondida. Así describe Isaías el dinamismo de la Palabra de Dios: no es un sonido efímero, sino una fuerza creadora, que transforma la historia.

La imagen remite al principio mismo de la Sagrada Escritura. En el Génesis, Dios habla y todo comienza a existir. Su Palabra no informa solamente: crea, sostiene, salva. Cuando Isaías afirma que “no volverá a mí vacía”, está proclamando la fidelidad divina. Dios no improvisa ni fracasa; su designio atraviesa el tiempo con paciencia, como el agua que penetra lentamente en la tierra reseca.

El Nuevo Testamento reconocerá en esta Palabra una presencia viva y personal. La carta a los Hebreos dice que es “viva y eficaz” (Heb 4,12), capaz de discernir los pensamientos del corazón. Y el prólogo del evangelio de san Juan confiesa que "la Palabra se hizo carne". En Cristo, la lluvia del cielo ha descendido hasta lo más hondo de nuestra tierra.

Este texto nos invita a confiar en la fecundidad invisible de Dios. A veces escuchamos la Escritura y no percibimos cambios inmediatos. Pero la Palabra actúa en lo secreto, ablanda endurecimientos, despierta semillas dormidas, ensancha la esperanza. Nuestra tarea no es medir resultados, sino ofrecer tierra disponible: silencio, escucha, obediencia.

También nos recuerda que la Iglesia vive de esta lluvia constante. Cada sacramento es un descenso renovado de gracia. Si dejamos que empape nuestra vida, dará fruto: “semilla al sembrador y pan al que come”. Y entonces comprenderemos que nada de lo que Dios pronuncia se pierde; todo encuentra, tarde o temprano, su primavera.

En el vídeo pueden escuchar el texto de Isaías interpretado en italiano por el grupo musical de los focolares "Gen Verde", formado por consagradas de varias nacionalidades. Quiera Dios que nuestros corazones se abran a su palabra salvadora, como tierra que acoge la semilla. Amén.

1 comentario:

  1. Muy importante para comprender lo que se relaciona con la verdadera naturaleza.

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