HISTORIA. Las fuentes más antiguas sobre el Jueves Santo mencionan principalmente el rito de reconciliación de los pecadores públicos, que habían hecho penitencia durante toda la Cuaresma. A finales del siglo IV, la peregrina Egeria describe en Jerusalén varias celebraciones: una misa en el Martyrium (la basílica construida sobre el Gólgota) y otra en el atrio de la Anástasis (la basílica construida sobre el Santo Sepulcro). Por la tarde, los fieles se dirigían al Monte de los Olivos para una vigilia nocturna en recuerdo de la agonía de Jesús, que concluía al amanecer con una procesión hasta el Santo Sepulcro. En el siglo V se documentan en Roma tres misas distintas: la de reconciliación de los penitentes, la de consagración del crisma y la conmemoración de la institución de la Eucaristía. Con el tiempo se unificaron en una sola celebración, a la que se añadieron elementos simbólicos como el lavatorio de los pies, la reserva del Santísimo en un monumento y el gesto de desnudar los altares. Hoy la misa vespertina de la Cena del Señor inaugura el Triduo Pascual.
LA INSTITUCIÓN DE LA EUCARISTÍA. La liturgia recuerda el testimonio más antiguo sobre la Última Cena, transmitido por san Pablo hacia el año 55 en la primera carta a los Corintios. En ella se afirma que Jesús, la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y vino y los ofreció como su cuerpo y su sangre, mandando a sus discípulos repetir este gesto en memoria suya. La Eucaristía es el memorial sacramental de la entrega de Cristo en la cruz y de su victoria en la resurrección, la actualización del misterio pascual.
LA “ENTREGA” DE JESÚS. Los relatos evangélicos muestran un contraste entre quienes “entregan” a Jesús (Judas, las autoridades judías y Pilato) y la libre entrega que él hace de sí mismo. Jesús había afirmado que nadie le quitaba la vida, sino que él la entregaba libremente por amor. Así, lo que parece fruto de decisiones humanas se inserta misteriosamente en el designio salvador de Dios. La cruz revela que el amor de Cristo consiste precisamente en esa entrega total, por la cual su muerte se convierte en fuente de vida para el mundo.
EL LAVATORIO DE LOS PIES Y EL MANDAMIENTO DEL AMOR FRATERNO. El evangelio de san Juan sitúa el lavatorio de los pies al comienzo de la Última Cena como una síntesis de toda la vida de Jesús. El gesto expresa el amor “hasta el extremo”: el Señor se abaja como un siervo y anticipa simbólicamente su entrega en la cruz. El gesto tiene también un carácter ejemplar, pues Jesús invita a sus discípulos a imitarlo: quien participa de su amor debe traducirlo en servicio humilde y en perdón mutuo.
EL SACERDOCIO MINISTERIAL. Al pedir a los apóstoles que repitan sus gestos, Jesús confía a la Iglesia el sacramento de la Eucaristía y establece el ministerio sacerdotal. La tradición cristiana ha visto siempre en el Cenáculo el origen del sacerdocio de la nueva alianza, inseparable de la celebración eucarística. Los apóstoles y sus sucesores reciben la misión de hacer presente a lo largo de los siglos el sacrificio de Cristo, de modo que la Iglesia pueda participar continuamente en el don de su cuerpo y de su sangre.
RESERVA Y ADORACIÓN DEL SANTÍSIMO. Dado que el Viernes Santo no se celebra la misa, desde antiguo la Iglesia reserva el Santísimo Sacramento para la comunión del día siguiente. Con el tiempo, esta reserva se realizó de forma solemne mediante una procesión hacia un lugar preparado para la adoración. La liturgia invita a los fieles a velar en oración ante el Santísimo durante la noche del Jueves Santo, recordando la soledad de Jesús en Getsemaní. Esta vigilia expresa el deseo de acompañar al Señor en su pasión y de despertar del sueño espiritual para permanecer vigilantes en el amor y la fe.
Resumen de las páginas 276-286 de mi libro Eduardo Sanz de Miguel, "La fe celebrada. Historia, teología y espiritualidad del año litúrgico en los escritos de Benedicto XVI". Editorial Monte Carmelo, Burgos 2012.

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