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miércoles, 8 de abril de 2026

RESUCITÓ «AL TERCER DÍA»


La confesión de que Cristo «resucitó al tercer día» no es un simple dato cronológico añadido al relato de la Pascua. En el lenguaje bíblico, el tiempo está cargado de significado: los acontecimientos decisivos de Dios en la historia se expresan mediante ritmos simbólicos que revelan su sentido profundo. Así sucede con este «tercer día», que la tradición apostólica conserva como parte esencial del anuncio pascual.

En primer lugar, el «tercer día» remite a las grandes teofanías de la historia de la alianza. En el Sinaí, tras un tiempo de preparación y purificación, Dios se manifiesta al pueblo «al tercer día». No se trata solo de un momento en la secuencia de los acontecimientos, sino del día de la revelación, cuando el Señor irrumpe en la historia y establece su alianza con Israel. A la luz de este trasfondo, la resurrección aparece como la teofanía definitiva: Dios se revela de modo irrevocable en la humanidad de su Hijo, sellando la alianza nueva y eterna. La Pascua es, por tanto, la manifestación suprema de la fidelidad divina.

Por otra parte, la mención del «tercer día» subraya también el realismo de la muerte de Jesús. La tradición judía consideraba que la corrupción del cuerpo comenzaba después de ese tiempo. Al proclamar que Cristo resucitó antes de que su carne conociera la corrupción, la primera comunidad cristiana reconoce que el crucificado descendió verdaderamente al ámbito de la muerte, pero afirma al mismo tiempo que el poder de Dios lo rescató de ella. El sepulcro no se convierte en lugar de descomposición definitiva, sino en el umbral de la vida nueva.

Este simbolismo se enriquece con otras resonancias bíblicas. El signo de Jonás («tres días» en el vientre del gran pez) anticipa el paso de Cristo por las profundidades de la muerte antes de su retorno a la vida. El anuncio del profeta Oseas, que habla de una restauración «al tercer día», expresa la esperanza de que Dios transforme el sufrimiento de su pueblo en vida renovada. En la Pascua de Cristo estas intuiciones alcanzan su plenitud: lo que era promesa y figura se convierte en realidad.

Por eso, cuando la Iglesia proclama que Jesús resucitó «al tercer día», afirma que la historia ha alcanzado su momento decisivo. La muerte ha sido atravesada y vencida desde dentro. En el crucificado-resucitado aparece ya el futuro definitivo del ser humano: una vida que no puede ser retenida por el pecado ni por el sepulcro, porque tiene su origen en la fidelidad irrevocable de Dios.

Si alguien quiere profundizar, puede leer el apartado que dedico a este argumento en mi libro Eduardo Sanz de Miguel, "La Semana Santa según la Biblia", editorial Monte Carmelo, Burgos 2017, ISBN: 978-84-8353-819-7, páginas 162-165.

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