Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

jueves, 22 de enero de 2026

SAÚL, DAVID Y JONATÁN. La envidia que mata


La primera lectura de la misa de hoy (1Sam 18,6-9;19,1-7) nos sitúa ante el misterio de la vocación humana, que nos invita a colaborar con la gracia, encarnada en la vida concreta de las personas, con sus grandezas y debilidades. El drama comienza con una mirada distorsionada: «Saúl miró a David con malos ojos». Saúl no ve a David como un don de Dios para Israel, sino como amenaza para su ego. Este relato no nos presenta un simple conflicto ético, sino una escuela de discernimiento de los espíritus: allí donde la gracia brilla, también se revela nuestra fragilidad interior.

Por un lado, contemplamos a David. Ayer celebrábamos su victoria sobre Goliat. David no confió en su fuerza ni en sus habilidades personales; su confianza estuvo puesta enteramente en Dios, y se lanzó a una empresa que parecía imposible. Hoy, esa misma victoria despierta recelos y miedo en Saúl. David se nos muestra como la persona sostenida por la gracia: su fuerza surge de la fidelidad y de la confianza en Dios, no de la aprobación humana. Su luz brilla incluso ante la incomprensión, y así nos recuerda que la vocación no depende de la valoración del mundo, sino de la fidelidad a la llamada del Señor.

Frente a él, Saúl nos enseña sobre el alma cerrada en sí misma: su poder se desmorona en el abismo de la envidia. Su corazón, antes abierto a la voz de Dios, ahora se cierra ante la luz que brilla en otro. Su identidad ya no se fundamenta en la llamada de Dios, sino en la comparación con los demás. En él vemos reflejados nuestros propios recelos: los rincones oscuros del ego, donde la envidia y el temor nos alejan de la verdad y de la libertad que Dios ofrece.

En medio de esta tensión surge Jonatán, que renuncia a sus derechos para defender a su amigo. Su entrega es gratuita, sin cálculo ni orgullo; su fidelidad es servicio a la obra de Dios. Jonatán se desposee para que se cumpla la promesa de Dios en David. Nos enseña a sostener al otro sin apropiarnos del don, a custodiar la gracia que actúa en quienes nos rodean, y a vivir la amistad como participación en el proyecto salvador de Cristo.

San Juan de la Cruz nos recuerda: “El alma enamorada es alma blanda, mansa, humilde y paciente. El alma dura en su propio amor se endurece”. Jonatán es ejemplo de esa alma generosa, que se abre al otro; Saúl, del alma cerrada, que no se alegra por el bien del otro.

La liturgia nos recuerda que todo esto se cumple en Cristo: el verdadero Jonatán que da la vida por sus amigos, el verdadero David, amado de Dios y perseguido por el mundo. Que esta lectura nos invite a reconocer la luz de Dios en medio de nuestras pasiones y las de los demás, a sostener al otro, y a transformar la envidia, el miedo y la inseguridad en apertura, paciencia y amor. La vida espiritual no consiste en defender nuestro yo, sino en secundar la obra de Dios, incluso cuando nos pide renunciar a nuestra comodidad y a nuestros privilegios.

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