La pequeña colección de "Dichos de luz y amor" nace de un gesto humilde y casi doméstico: un "frailecillo" que anota en un papel una frase para iluminar a otras personas en su camino espiritual. Sin embargo, en esa sencillez se transparenta uno de los rasgos más hondos de la espiritualidad de san Juan de la Cruz: su convicción de que Dios sigue hablando al ser humano "aquí y ahora", y de que la vida espiritual se alimenta de esa atención amorosa a su paso.
El prólogo que precede a las sentencias es decisivo. No es la introducción de un maestro satisfecho de su doctrina, sino la confesión de un pobre que sabe que no vive todavía a la altura de lo que ansía. Juan distingue con lucidez entre “tener la lengua” de las cosas de Dios y poseer “la obra y virtud de ellas”. Esta diferencia marca toda su mística: lo esencial no es el discurso sobre Dios, sino la transformación real del alma en el amor. Sus palabras quieren ser solo ocasión, estímulo, mediación; si otros, provocados por ellas, aman más, su propia pobreza habrá quedado misteriosamente fecundada. Es la lógica evangélica del instrumento inútil que, sin embargo, sirve.
Cuando afirma que Dios “ama la discreción, ama la luz, ama el amor”, está describiendo un itinerario espiritual completo. DISCRECIÓN (en otros lugares lo llama discernimiento) no es simple prudencia psicológica, sino el saber sobrenatural que distingue lo esencial de lo accesorio, lo que viene de Dios de lo que nace del propio amor propio. LUZ es la iluminación interior que permite ver la verdad de la propia vida confrontada con las enseñanzas de Cristo. AMOR, finalmente, es la forma misma del camino: no solo la meta, sino el modo correcto de andar. Los "dichos" quieren ser una brújula.
Por eso rechaza la “retórica del mundo” y la “elocuencia seca”. No es un desprecio de la inteligencia, sino una crítica a la palabra que no nace del amor ni conduce a él. San Juan sabe que muchas almas tropiezan no por mala voluntad, sino por confusión: creen seguir a Cristo, pero lo hacen según sus propias medidas, no según “la forma de la desnudez y pureza del espíritu de Cristo”. Sus sentencias pretenden despejar el camino, simplificar, llevar al núcleo: desasimiento, humildad, sencillez, amor puro.
La primera frase de la colección abre, además, una perspectiva sorprendentemente actual: “SIEMPRE EL SEÑOR DESCUBRIÓ LOS TESOROS DE SU SABIDURÍA Y ESPÍRITU A LOS MORTALES; MAS AHORA QUE LA MALICIA VA DESCUBRIENDO MÁS SU CARA, MUCHO LOS DESCUBRE”. Lejos de cualquier nostalgia espiritual, Juan vive en una teología del presente. La historia no es decadencia sin remedio, sino escenario de una gracia que se derrama con mayor fuerza precisamente cuando crece la malicia. Donde abunda la oscuridad, Dios multiplica la luz.
De aquí brota su paz y su realismo esperanzado. No se trata de negar el mal del mundo, sino de no concederle la última palabra. Lo urgente no es lamentarse, sino velar, tener los ojos del corazón despiertos para reconocer las visitas de Dios. La mística sanjuanista no evade la historia: enseña a leerla como lugar de revelación, donde, incluso en tiempos recios, siguen abiertos (y quizá más que nunca) los tesoros de la sabiduría y del Espíritu.

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