Este tercer domingo del Tiempo Ordinario nos sitúa ante una llamada clara y exigente del apóstol san Pablo. La segunda lectura, tomada de la primera carta a los Corintios (1Cor 1,10-13.17), nos introduce en una comunidad cristiana viva, pero herida por divisiones internas. Pablo ha sabido que en Corinto se han formado bandos: unos se declaran seguidores suyos, otros de Apolo, otros de Cefas. Frente a esta situación, el apóstol reacciona con firmeza y lucidez evangélica: lo esencial no son las personas, los liderazgos o las simpatías, sino Cristo. Él es el único fundamento de la Iglesia, el único por el que merece la pena vivir y entregarse.
«¿Está dividido Cristo?», pregunta Pablo con fuerza. Con esta interpelación desenmascara el absurdo de las divisiones entre los creyentes. Cuando el centro deja de ser Cristo, la comunidad se fragmenta; cuando Cristo ocupa su lugar, todo lo demás se ordena. Por eso el apóstol suplica: «poneos de acuerdo y no andéis divididos; vivid en armonía, con un mismo pensar y un mismo sentir». No se trata de uniformidad, sino de comunión; no de borrar las diferencias, sino de vivirlas desde el amor que nace del evangelio.
Esta Palabra resuena hoy con especial fuerza, dos mil años después. También nosotros, los cristianos del siglo XXI, seguimos experimentando la herida de la división: católicos, ortodoxos, protestantes… Tradiciones diversas, historias complejas, incomprensiones y rupturas que contradicen el deseo de Cristo: «que todos sean uno». La Iglesia no puede resignarse a esta situación como si fuera algo normal. La división es un escándalo que debilita el testimonio cristiano.
No es casualidad que este domingo se celebre dentro de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, que va del 18 al 25 de enero. La oración, la conversión del corazón y el compromiso sincero por la reconciliación son caminos imprescindibles para avanzar hacia la unidad. Como recuerda san Pablo, es el amor de Cristo el que nos apremia y nos impulsa a superar prejuicios, orgullos y cerrazones.
Pidamos al Señor que perdone nuestras divisiones, sane nuestras heridas y nos conceda un corazón humilde y fraterno. Que sepamos ser comprensivos, acogedores y serviciales, y que, unidos en lo esencial, demos juntos testimonio del evangelio.
Feliz domingo. Que el Señor nos conceda trabajar con alegría y unidad en su servicio, vivificados por su Palabra de vida. Amén.

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