La fiesta de la Ascensión del Señor no celebra la ausencia de Jesús, sino su glorificación. Las imágenes bíblicas de “subir al cielo” y “sentarse a la derecha del Padre” no describen un viaje físico, sino la victoria definitiva de Cristo resucitado.
En el lenguaje del Antiguo Testamento, la ascensión era la entronización del rey, la manifestación pública de su autoridad y de su gloria. Por eso, al proclamar que Jesús ha sido elevado al cielo y se ha sentado a la derecha del Padre, la Iglesia confiesa que participa plenamente de la vida y del poder de Dios.
Pero esta glorificación no puede separarse de la pasión. Cruz y gloria forman una única realidad. El mismo Jesús había anunciado que sería “elevado” sobre la tierra para atraer a todos hacia sí. La cruz, que parecía fracaso y derrota, se convierte así en el comienzo de la exaltación del Hijo. La Pascua entera (pasión, muerte, resurrección, ascensión y envío del Espíritu Santo) es un único movimiento de amor por el que Cristo pasa de este mundo al Padre y abre para nosotros el camino de la vida.
Nosotros solemos contemplar estos misterios por separado porque necesitamos tiempo para comprenderlos. Celebramos un día la cruz, otro la resurrección, otro la ascensión. Sin embargo, Cristo realizó un solo “paso”: el paso de la entrega total a la gloria eterna. La palabra “Pascua” significa precisamente eso: paso. Jesús atraviesa la oscuridad de la muerte y entra definitivamente en la vida de Dios, llevando consigo a toda la humanidad.
Por eso, la Ascensión no habla solo de Cristo; habla también de nuestro destino. En Jesús glorificado contemplamos lo que Dios quiere realizar en cada uno de nosotros. Su humanidad elevada al cielo es la promesa de nuestra propia esperanza. El Señor no abandona la tierra, sino que lleva nuestra carne hasta el corazón mismo de Dios. Allí donde ha llegado la Cabeza, está llamada a llegar también todo su Cuerpo.
Esta fiesta nos invita a vivir mirando más alto, sin quedarnos encerrados en el miedo, en el sufrimiento o en las derrotas aparentes. La Ascensión nos recuerda que el mal y la muerte no tienen la última palabra. Cristo vive glorioso y continúa atrayendo hacia sí a quienes confían en él. Mientras caminamos en este mundo, estamos llamados a ser testigos de esa esperanza, anunciando con nuestra vida que el cielo ya se ha abierto para la humanidad.
Oración. Señor Jesús, elevado a la gloria del Padre, fortalece nuestra esperanza cuando el camino se haga oscuro. Haznos vivir con los ojos puestos en ti y danos la alegría de saber que también nosotros estamos llamados a participar un día de tu vida y de tu gloria. Amén.

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