Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

jueves, 28 de mayo de 2026

DIOS MANDÓ A SU HIJO AL MUNDO PARA SALVARLO


El domingo próximo celebraremos la fiesta de la Santísima Trinidad, nuestro Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Las lecturas de la misa de este año (ciclo "a") son las siguientes:

Primera lectura (Éxodo 34,4-9). Dios se revela como "compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad". 

Salmo del libro de Daniel 3,52-56. A ti gloria y alabanza por los siglos. 

Segunda lectura (2Cor 13,11-13). La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con vosotros. 

Evangelio (Jn 3,16-18). Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

La solemnidad de la Santísima Trinidad nos sitúa ante el centro mismo de la fe cristiana: Dios no es soledad infinita ni poder impersonal, sino comunión viva de amor. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no son tres modos distintos de manifestarse Dios, sino la eterna vida divina entregándose y recibiéndose en un dinamismo de amor absoluto. Y, sin embargo, la liturgia de hoy no nos conduce a una especulación abstracta sobre el misterio de Dios, sino a contemplar cómo ese misterio se ha abierto para nuestra salvación.

En el libro del Éxodo, Dios revela a Moisés su nombre más profundo: «Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad». Esta autodefinición atraviesa toda la Escritura. La omnipotencia de Dios no se manifiesta ante todo en el dominio, sino en la misericordia. El verdadero rostro de Dios es el amor fiel que sostiene, perdona y rehace la alianza incluso después del pecado del pueblo.

El evangelio lleva esta revelación a su plenitud: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único». El Padre no envía al Hijo para condenar al mundo, sino para salvarlo. La Trinidad se manifiesta en la historia como misterio de donación. El Padre entrega al Hijo, el Hijo se entrega hasta la cruz y el Espíritu Santo comunica a los hombres la vida nueva que brota de esa entrega.

Por eso, el juicio no debe entenderse principalmente como un acto arbitrario de condena. El juicio acontece en la misma relación con Cristo. La luz ha venido al mundo, dice san Juan, y el hombre debe decidir si acoge la luz o permanece en las tinieblas. Dios no rechaza al hombre; es el hombre quien puede cerrarse libremente al amor de Dios. La condenación no nace de una voluntad divina de castigar, sino del rechazo de la comunión para la que hemos sido creados.

La segunda lectura recoge admirablemente esta verdad cuando san Pablo desea a los cristianos «la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo». La vida cristiana consiste precisamente en entrar en esa comunión trinitaria. No creemos en una doctrina sobre Dios, sino que somos introducidos sacramentalmente en su propia vida.

Santa Teresa de Jesús decía que el alma del justo es morada de Dios. Y san Juan de la Cruz afirmaba que el fin de la vida espiritual es llegar a ser «Dios por participación». La Trinidad no es un problema teórico que resolver, sino el misterio en el que vivimos, oramos y existimos.

La liturgia concluye hoy en adoración: «A ti gloria y alabanza por los siglos». Solo el asombro agradecido puede responder adecuadamente al misterio del Dios vivo, que nos ha creado por amor, nos ha salvado en Cristo y quiere hacernos partícipes de su vida eterna.

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