Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

viernes, 6 de febrero de 2026

SOIS LUZ DEL MUNDO Y SAL DE LA TIERRA. Domingo 5 del Tiempo Ordinario, ciclo "a"


Las lecturas de la misa del próximo domingo unen, con sorprendente densidad, el culto y la vida, la contemplación y la historia. La primera lectura (Isaías 58) no es una exhortación social añadida desde fuera, sino una revelación del verdadero rostro de la alianza. El ayuno agradable a Dios consiste en desatar las cadenas injustas, compartir el pan, acoger, cubrir la desnudez. Entonces, dice el profeta, «surgirá tu luz como la aurora». La luz no es premio moral; es manifestación de la presencia de Dios, que encuentra espacio en una existencia configurada según su compasión.

El evangelio recoge esta promesa y la lleva a su centro cristológico. «Vosotros sois la sal de la tierra… vosotros sois la luz del mundo». No dice: “debéis ser”, sino “sois”. Es una afirmación ontológica antes que ética. El discípulo participa de la misión y de la condición de aquel que ha dicho de sí mismo que es la luz del mundo. La comunidad, colocada “sobre el candelabro”, no brilla por iniciativa propia, sino porque ha sido alcanzada por una luz que la precede. Cuando se separa de esa fuente, la sal se vuelve insípida, la luz se apaga.

La segunda lectura (1Cor 2,1-5) da la clave interior de esta identidad. Pablo no ha anunciado “sabiduría humana”, sino «a Jesucristo, y este crucificado». La luz cristiana tiene forma pascual. Es la claridad paradójica del amor que se entrega, no el resplandor del éxito religioso. Por eso Isaías y el evangelio convergen: partir el pan, acoger al pobre, no es filantropía, sino participación en el movimiento mismo del Hijo, que se da hasta el extremo. 

La liturgia actualiza este misterio: al acercarnos al cuerpo entregado y a la sangre derramada, somos introducidos en la forma eucarística de la existencia, llamados a convertirnos nosotros mismos en pan partido para la vida del mundo.

Aquí la tradición mística es transparente. San Juan de la Cruz afirma que al atardecer de la vida seremos examinados en el amor; y ese amor, purificado en la noche, se vuelve luz que no busca verse a sí misma. Santa Teresa de Jesús recuerda que la auténtica unión con Dios se verifica en obras de servicio humilde. No es activismo, sino desbordamiento de una comunión real.

Señor Jesús, luz nacida de la cruz, haznos participar de tu entrega, para que, alimentados en tu mesa, nuestra vida se vuelva claridad para los cansados, calor para los heridos y signo humilde de tu presencia en medio del mundo. Amén.

2 comentarios:

  1. Que nuestro Señor actúe a través de nosotros a la hora de servir para que nuestro servicio sea sustancioso.

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  2. Que bonita su apreciación fray Eduardo sobre el evangelio del proximo Domingo.
    Invaluable certeza que nos da el Señor.Todos somos Luz y sal de la Tierra.
    Tengo por cierto que la luz brilla con intensidad en manos que consagran y siempre es bendecida la buena sal que esparcen los predicadores.
    Gracias por mantener vivo El blog y El "Barco del Carmelo".

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