Santa Clara de Asís (1193-1253), contemporánea y hermana espiritual de san Francisco, es una de las grandes figuras de la renovación evangélica de la Iglesia medieval.
Nacida en una familia noble de Asís, renunció a las seguridades y privilegios de su condición para seguir a Cristo en pobreza, humildad y contemplación. La noche del Domingo de Ramos de 1211 o 1212 abandonó secretamente la casa paterna y se consagró a Dios en la Porciúncula, en manos de san Francisco. Después de un breve itinerario, llegó a San Damián, donde fundó con sus primeras compañeras la comunidad de las Hermanas Pobres, las futuras clarisas. Allí vivió más de cuarenta años, entregada a la oración, a la fraternidad y a una radical pobreza evangélica.
El canto «Clara es tu nombre» presenta su figura mediante una hermosa sucesión de símbolos. Su propio nombre se convierte en programa de vida: Clara, la mujer luminosa, porque dejó que la luz de Cristo resplandeciera en ella. El trigo evoca la sencillez, la fecundidad y el grano que muere para dar fruto; el lirio, la virginidad consagrada; y la luz, la transparencia de una existencia enteramente orientada hacia Dios.
La canción subraya también una paradoja profundamente cristiana: Clara es «frágil como un mimbre», pero Dios le comunica su fortaleza. Su vida escondida en San Damián no fue una existencia estéril ni alejada de los sufrimientos del mundo. Desde la clausura, su oración abrazaba a la Iglesia y a toda la humanidad. La tradición franciscana recuerda precisamente su profunda confianza en la fuerza de la oración y en la presencia real de Cristo.
El estribillo la llama «esposa de Jesús», expresión que recoge el núcleo esponsal de su espiritualidad. Clara no entiende su consagración simplemente como renuncia, sino como una historia de amor: Cristo es el Esposo cuya belleza contempla y cuyo amor llena el corazón. En sus cartas a santa Inés de Praga la invita a contemplar a Cristo como en un espejo y a dejarse transformar por su pobreza, humildad y caridad.
Por eso, la imagen final resulta especialmente bella: «en invierno y en la nieve floreció el rosal». Clara floreció en una época difícil y en medio de grandes renuncias, demostrando que la santidad no depende de las circunstancias favorables, sino de dejar que Dios transforme la pobreza en fecundidad, la fragilidad en fortaleza y la contemplación en amor.
El canto, con su lenguaje sencillo y poético, termina siendo así una pequeña síntesis de la vocación de Clara: una mujer pobre y contemplativa, profundamente fraterna, cuya vida se hizo transparencia de Cristo y luz para la Iglesia.
trigo tus cabellos, miel tu sonreír.
Frágil como un mimbre, sed de eternidad.
Dios te da su fortaleza, sol de claridad. (bis)
CLARA, CLARA, CLARA, TRIGO, LIRIO Y LUZ.
CLARA, CLARA, CLARA, ESPOSA DE JESÚS.
CLARA, CLARA, CLARA, ALMA DE CRISTAL,
EN INVIERNO Y EN LA NIEVE FLORECIÓ EL ROSAL. (bis)
Alma franciscana, llama de oración,
búsqueda constante en tu sed de Dios.
Flor que nos ofrece la fraternidad.
Dios te da su fortaleza, sol de claridad. (bis)
CLARA, CLARA, CLARA, TRIGO, LIRIO Y LUZ.
CLARA, CLARA, CLARA, ESPOSA DE JESÚS.
CLARA, CLARA, CLARA, ALMA DE CRISTAL,
EN INVIERNO Y EN LA NIEVE FLORECIÓ EL ROSAL. (bis)
Hermoso canto a una mujer muy santa!!
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