El monje cisterciense san Bernardo de Claraval (1090 - 1153) escribió un poema que tiene entre 40 y 70 estrofas, de cuatro versos cada una, titulado «Iubilus de nomine Iesu». Se conservan 88 manuscritos medievales, con ligeras variantes en el número y orden de las estrofas. Las 20 primeras estrofas aparecen en el mismo orden en los manuscritos antiguos. A partir de ahí, cambia el orden, se añaden unas u otras.
Aunque algunos estudiosos discuten sobre la autoría del mismo, por el lenguaje y la cadencia, está claro es que es un himno «monástico» medieval, que refleja el gozo que producen la contemplación de la persona, obras y enseñanzas de Jesús, y la relación personal con él.
Todas y cada una de las ideas del himno están presentes en los escritos de san Bernardo en prosa y muchas de las frases se repiten textualmente en varias ocasiones, por lo que muchos estudiosos sigue manteniendo su autoría.
Quizás otros monjes y monjas lo hicieron suyo y ampliaron, añadiendo nuevas estrofas a las originales, que pudieron ser 40, un número que habla de plenitud, presente en otras composiciones similares.
Es difícil encontrar un himno cristiano de contenidos más bellos. Emociona especialmente cuando afirma que ni las palabras escritas ni las habladas son capaces de explicar lo que es el amor de Jesús, porque solo la experiencia permite comprender lo que significa.
El himno comienza afirmando que el recuerdo de Jesús (su persona, sus enseñanzas y sus obras) es fuente de alegría y dulzura, pero su presencia y cercanía superan cualquier otra experiencia y no se puede explicar con palabras habladas ni escritas. La misma poesía y los símbolos son solo un balbucir imperfecto, pero son el único camino posible para compartir algo de lo que se vive al hacer experiencia personal del encuentro con Cristo.
Para los cristianos, decir el nombre de Jesús significa al mismo tiempo confesar que él es el único que nos salva (el “recuerdo”) y suplicar que no deje de salvarnos (la “confianza”): «Sálvanos, Salvador nuestro», repetimos a veces en la liturgia. Hacer memoria de este santo nombre es fuente de dulzura y gozo espiritual para los creyentes. Al mismo tiempo, suscita en nosotros la esperanza de la posesión plena en la vida eterna, cuando lo veremos cara a cara y seremos una sola cosa con él.
San Bernardo, que nos dejó tan hermosos y profundos comentarios al Cantar de los cantares bíblico, aquí se identifica con la esposa, que goza recordando los encuentros pasados y ansía un encuentro futuro, que sea total y definitivo. Las visitas pasadas del amado han dejado en ella hambre y sed de algo más profundo y duradero, de ahí los gemidos y lamentos de esta alma enamorada.
En Maitines de la fiesta del Nombre de Jesús se cantaban cinco estrofas, que comenzaban por «Iesu, Rex admirabilis». En Laudes se entonaban cinco estrofas más, comenzando por «Iesu, decus angelicum». Las cinco de Vísperas son las más conocidas, musicalizadas por muchos autores y, todavía hoy interpretadas en ocasiones diversas. Comienzan así: «Iesu dulcis memoria».
Aquí recojo una interpretación gregoriana del himno de vísperas. A continuación escribo la letra en latín y después la traducción al español.
Este es el texto en latín:
Jesu dulcis memoria
dans vera cordis gaudia:
sed super mel et omnia
ejus dulcis praesentia.
Nil canitur suavis,
nil auditur iucundius,
nil cogitatur dulcius
quam Iesus, Dei Filius.
Iesu, spes paenitentibus,
quam pius es petentibus!
Quam bonus te quaerentibus!
Sed quid invenientibus?
Nec lingua valet dicere
Nec littera exprimere
Expertus potest credere
Quid sit Iesum diligere.
Sis, Iesu, nostrum gaudium,
Qui es futurus praemium:
Sit nostra in te gloria
Per cuncta semper saecula. Amen.
Esta es la traducción al español:
Dulce es el recuerdo de Jesús,
que trae la alegría verdadera al corazón;
pero su presencia es más dulce que la miel
y que todas las cosas.
Dulce es el recuerdo de Jesús,
que trae la alegría verdadera al corazón;
pero su presencia es más dulce que la miel
y que todas las cosas.
Nada más dulce puede cantarse,
nada más agradable de escuchar,
nada más delicioso en qué pensar
que Jesús, el Hijo de Dios.
¡Jesús, esperanza de los que se convierten,
qué bueno eres con los que te suplican!,
¡Qué bueno con los que te buscan!,
¿Qué serás para los que te encuentran?
Ni la lengua puede decirlo,
ni la escritura expresarlo;
solo quien lo ha experimentado
sabe lo que es amar a Jesús.
Jesús, sé nuestra alegría,
tú que eres nuestra futura recompensa.
Que nuestra gloria sea estar contigo
por toda la eternidad. Amén.
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