«Tengo los ojos puestos en el Señor». La primera frase expresa una orientación permanente del corazón. No es una mirada ocasional, sino una decisión interior: vivir desde Dios. La Cuaresma es precisamente este desplazamiento del centro, este aprender a mirar más arriba que a uno mismo. El motivo es claro: «porque él saca mis pies de la red». La liberación no nace del esfuerzo propio, sino de la iniciativa divina. El salmo no es voluntarista; es confiado.
«Mírame y ten piedad de mí, que estoy solo y pobre». La salvación comienza con la mirada de Dios. Antes de que el hombre contemple, es contemplado. La pobreza y la soledad que el texto reconoce no son meramente psicológicas: describen la condición espiritual del creyente que, despojado de seguridades, se presenta ante Dios tal como es. Esta es la verdad cuaresmal: reconocerse necesitado para poder acoger la gracia.
«A ti, Señor, levanto mi alma; en ti confío». El versículo que acompaña el canto amplía el horizonte. La misa empieza elevando el alma y afirmando la confianza en Dios. La toma de conciencia del propio pecado no desemboca en angustia, sino en esperanza de perdón.
En el Graduale Romanum este introito está en modo IV, de sonoridad recogida y contemplativa. No hay triunfalismo. La melodía fluye con sobriedad, subrayando con delicadeza palabras como "evellet" (arrancará) o "pauper" (pobre). El canto gregoriano no añade emoción externa: deja que la palabra bíblica respire y se interiorice.
Así, la liturgia comienza enseñándonos a orar: mirar, suplicar, confiar. Antes de cualquier acción, la Iglesia aprende a ponerse ante Dios como pobre que espera. Y en esa espera confiada empieza ya la liberación.
Copio primero el texto en latín y después la traducción al español:
Oculi mei semper ad Dominum,
quia ipseevellet de laqueo pedes meos.
Respice in me, et miserere mei,
quoniam unicus et pauper sum ego.
quoniam unicus et pauper sum ego.
Ad te, Domine, levavi animam meam:
Deus meus, in te confido, non erubescam.
Tengo los ojos puestos en el Señor,
porque él saca mis pies de la red.
Mírame, oh Dios, y ten piedad de mí,
que estoy solo y afligido.
A ti, Señor, levanto mi alma;
Dios mío, en ti confío, no quede yo defraudado.
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