El Domingo de Ramos no es un desfile de victoria, sino una provocación política, religiosa y espiritual. En un mundo obsesionado con la autoafirmación y el éxito mediático, la entrada de Jesús en Jerusalén nos sitúa ante una paradoja incómoda: la de un mesías-rey que elige la fragilidad como lenguaje y el servicio como única soberanía. Es el inicio de una semana que nos obliga a mirar de frente nuestra propia incoherencia.
La Semana Santa se inaugura con un gesto de disrupción absoluta. No hay caballos de guerra ni escoltas armados; hay un borrico y mantos tendidos por los pequeños y olvidados. Es la epifanía de la mansedumbre frente a la imposición. Jesús subvierte las expectativas del mesianismo político: su triunfo no radica en el dominio, sino en la entrega voluntaria.
Este estilo de "pequeñez" interpela directamente a la Iglesia y a la sociedad actual, invitándonos a desertar de la búsqueda de poder para habitar el espacio del servicio. La liturgia de este día nos pide reconocer a Cristo en las periferias de la existencia: en los abandonados, en los que sufren y en los descartados por el sistema.
Acompañar a Jesús con ramos no es un simulacro histórico, sino un compromiso existencial. Recibir al que viene en nombre del Señor significa permitir que su lógica de victoria (la del grano de trigo que muere para dar vida) transforme nuestras estructuras mentales y sociales. Es, en última instancia, la apuesta por una esperanza que no defrauda porque no se apoya en nuestras fuerzas, sino en su fidelidad.
Sin embargo, esta escena encierra una ambigüedad profundamente humana. El texto evangélico es un espejo de nuestra fragilidad: revela con qué facilidad el entusiasmo se transforma en indiferencia y el fervor en miedo. Quienes hoy gritan "¡Hosanna!", el viernes por la mañana gritarán "¡Crucifícalo!".
Entrar con Jesús en la ciudad santa implica aceptar que nuestro "sí" de hoy convive con la capacidad de negarlo mañana. Reconocer esta debilidad no es un acto de derrota, sino el primer paso hacia una confianza real en un amor que es, por definición, más fuerte que nuestra inconsistencia.
Que este camino que hoy iniciamos no sea un mero rito externo, sino la oportunidad de que nuestra propia fragilidad sea abrazada y redimida por su entrega. Amén.

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