Este poema que santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz compuso en 1894 es una sencilla y profunda contemplación de la figura de san José. Fiel a su estilo espiritual, la santa de Lisieux mira al santo no desde el brillo exterior de las grandes obras, sino desde el silencio fecundo de una vida escondida con Jesucristo y María.
La compuso para ser cantada con una música popular. Al traducirla del francés, se pierde la rima, pero nos queda el contenido del poema, que es una oración.
La primera estrofa presenta el rasgo fundamental de José: su vida “en la sombra”. No aparece en el primer plano de la historia, pero precisamente ahí se encuentra su grandeza. Mientras el mundo busca reconocimiento y visibilidad, José vive en la humildad del trabajo cotidiano y en la discreción del amor. Sin embargo, esa aparente oscuridad esconde un privilegio incomparable: contemplar de cerca la belleza de Jesús y de María. Así, la vida escondida se revela como una forma alta de contemplación.
La segunda estrofa evoca una escena llena de ternura: el Hijo de Dios, hecho niño, descansando sobre el pecho de José. La imagen subraya el misterio de la encarnación y, al mismo tiempo, la misión paternal confiada a José. Aquel a quien el universo no puede contener se abandona con confianza en los brazos de un hombre justo.
En la tercera estrofa, la santa establece un paralelismo entre la vida de José y la vocación del Carmelo. Así como José sirvió silenciosamente a Jesús y a María en Nazaret, las carmelitas desean servirles en la soledad del monasterio. La verdadera felicidad consiste en agradarles, sin buscar otra recompensa.
La cuarta estrofa recuerda la profunda devoción de santa Teresa de Jesús a san José. Teresita recoge esa tradición carmelitana: José es un protector seguro, un intercesor que nunca deja de escuchar a quienes acuden a él con confianza.
El poema concluye con una nota de esperanza escatológica. La vida presente es una prueba pasajera; al final, los creyentes esperan reunirse con José, junto a María, en la plenitud del cielo. Así, la oración sencilla del canto se convierte en una expresión de la espiritualidad carmelitana: vivir escondidos con Cristo en Dios, esperando el día en que el amor se revele plenamente.
1. José, tu vida transcurrió en la sombra, humilde y escondida,
¡pero fue tu privilegio contemplar muy de cerca
la belleza de Jesús y de María!
José, tierno Padre, protege al Carmelo;
que en la tierra tus hijos gocen ya la paz del cielo.
2. Más de una vez, el que es Hijo de Dios
y entonces era niño, sometido en todo a tu obediencia,
¡descansó con placer sobre el dulce refugio
de tu pecho amante!
José, tierno Padre, protege al Carmelo;
que en la tierra tus hijos gocen ya la paz del cielo.
3. Y, como tú, nosotras servimos a María y a Jesús
en la tranquila soledad del monasterio.
Nuestro mayor cuidado es contentarles, no deseamos más.
José, tierno Padre, protege al Carmelo;
que en la tierra tus hijos gocen ya la paz del cielo.
4. A ti nuestra santa madre Teresa
acudía amorosa y confiada en la necesidad,
y asegura que nunca dejaste de escuchar su plegaria.
José, tierno Padre, protege al Carmelo;
que en la tierra tus hijos gocen ya la paz del cielo.
5. Tenemos la esperanza de que un día,
cuando haya terminado la prueba de esta vida,
iremos a verte, Padre, al lado de María.
José, tierno Padre, protege al Carmelo
y, tras el destierro de esta vida, ¡reúnenos en el cielo!

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