El tercer domingo de Cuaresma, en el ciclo "a" se lee el evangelio de la samaritana, tal como hacían los primeros cristianos, cuando preparaban a los catecúmenos para que recibieran el bautismo en la Vigilia pascual.
Les invito a leer estas entradas de años anteriores, en las que he profundizado en el evangelio y en la liturgia del día:
- La Samaritana, tercer domingo de Cuaresma. El evangelio de la samaritana (Jn 4,5-42) forma parte del itinerario bautismal centrado en el agua como símbolo del bautismo. Jesús, junto al pozo de Jacob, dialoga con una mujer samaritana rompiendo barreras culturales. Tiene sed de su salvación y le ofrece "agua viva" que sacia definitivamente: el Espíritu Santo.
La samaritana representa al ser humano que busca la felicidad en proyectos vacíos. Progresivamente reconoce en Jesús al mesías y salvador. Su sed simboliza el anhelo profundo del corazón humano, que solo Cristo puede colmar. La Iglesia se identifica con esta mujer: confiesa sus pecados y suplica misericordia.
Este domingo incluye el primer escrutinio de catecúmenos adultos, donde se ora por su liberación y conversión. Durante la semana reciben el Credo. La liturgia conduce así a toda la comunidad hacia Cristo, fuente única que sacia la sed del corazón.
- Santa Teresa de Jesús y la samaritana. Desde niña, Teresa de Jesús contemplaba en su casa un cuadro de la samaritana que hoy se conserva en el monasterio de la Encarnación. Esta figura bíblica se convirtió en símbolo central de su espiritualidad: representa al ser humano que busca la felicidad en lugares equivocados hasta encontrar a Cristo.
En el "Libro de la Vida", Teresa desarrolla la metáfora del agua viva para explicar los grados de oración, desde el esfuerzo humano hasta la gracia pura. Como la samaritana, que dejó su cántaro para evangelizar, Teresa experimentó una transformación radical tras su encuentro con Cristo. Su mensaje es de esperanza: cualquier vida puede cambiar mediante este encuentro personal con Dios.
- Oraciones para el domingo III de Cuaresma. Jesucristo, al pedir agua a la Samaritana, ya había infundido en ella la gracia de la fe y, si quiso estar sediento de la fe de aquella mujer, fue para encender en ella el fuego del amor divino...

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