Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

miércoles, 8 de julio de 2026

LOS SEGLARES CARMELITAS


Desde los primeros siglos del cristianismo, las familias religiosas han compartido su espiritualidad con hombres y mujeres laicos. Ya desde el siglo V existían los llamados "oblatos", personas que se vinculaban a un monasterio, participaban de su vida espiritual y colaboraban en sus tareas, sin profesar votos religiosos.

Más tarde, con el nacimiento de las Órdenes mendicantes en el siglo XII, surgieron nuevas formas de participación de los laicos. Estos continuaban viviendo en sus hogares, desempeñando sus trabajos y atendiendo a sus familias, pero compartían el espíritu y la misión de una determinada familia religiosa. Entre los ejemplos más conocidos destacan los terciarios franciscanos, que llegaron a constituir una parte importante de la gran familia fundada por san Francisco de Asís.

También en el Carmelo aparecieron desde antiguo hermanas y hermanos laicos que, sin abandonar su condición secular, se sintieron llamados a vivir la espiritualidad carmelitana en medio del mundo.

El actual Código de derecho canónico define estas asociaciones destacando tres características fundamentales: el compromiso con la perfección cristiana, la condición secular de sus miembros y la participación en el carisma de una familia religiosa. Por eso, afirma que las Órdenes seglares están formadas por fieles que, viviendo en el mundo, participan del espíritu de un instituto religioso y se dedican al apostolado bajo su guía.

Las Constituciones de la Orden seglar de los carmelitas descalzos (OCDS) recuerdan que el seguimiento de Cristo es el camino abierto por el bautismo para todos los cristianos. Los seglares participan de la misión real, sacerdotal y profética de Jesús: colaboran en la transformación del mundo según el proyecto de Dios, ofrecen su vida al Padre unidos a Cristo y anuncian el Evangelio con su testimonio.

La gran familia del Carmelo teresiano está formada por frailes, monjas de clausura, religiosos y religiosas de congregaciones apostólicas, sacerdotes afiliados y seglares. Todos comparten un mismo carisma, inspirado en la Regla de san Alberto y enriquecido por la enseñanza de los santos carmelitas, especialmente santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz.

Precisamente santa Teresa dirigió unas palabras que siguen siendo actuales para todos los miembros de la familia carmelitana: no conformarse nunca con lo alcanzado y procurar siempre avanzar en el servicio de Dios. Su invitación es clara: «procuren ir comenzando siempre de bien en mejor».

Esa llamada sigue vigente hoy. Frailes, monjas, religiosos, consagrados, sacerdotes y seglares estamos siempre comenzando un nuevo camino de fidelidad al Señor. Lo mejor está todavía por delante, porque la meta última es el encuentro definitivo con Cristo. Mientras caminamos hacia él, hacemos nuestras las palabras del salmista: «Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor».

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