La beata Juana Scopelli nació en 1428 en Reggio Emilia (Italia), en el seno de una familia humilde. Desde muy joven sintió el deseo de consagrar toda su vida a Dios, pero antes quiso cumplir con fidelidad el mandamiento del amor cuidando con esmero a sus padres ancianos hasta el final de sus días. Después de su muerte abrazó la vida religiosa, uniendo así la contemplación con el servicio concreto a quienes el Señor había puesto a su lado.
En un primer momento vivió como terciaria carmelita en su propia casa, entregada a la oración y a la penitencia. Poco después, en 1452, fundó un monasterio de carmelitas en su ciudad, incorporado a la reforma de Mantua, uno de los movimientos de renovación espiritual que florecieron en la Orden del Carmen durante el siglo XV.
Elegida priora por sus hermanas, fue para todas ellas un modelo de vida fraterna, austeridad, humildad y profunda unión con Dios. Su fama de santidad traspasó pronto los muros del convento, y muchas personas acudían a ella buscando consejo, consuelo e intercesión.
Como buena carmelita, vivió una intensa relación filial con la Virgen María. La tradición cuenta que un día contempló una paloma que llevaba en el pico una filacteria dorada con las palabras de la Salve Regina, el himno mariano que ella cantaba diariamente con gran devoción. También practicaba una singular forma de oración conocida como «la túnica de la Virgen», que consistía en rezar quince mil avemarías, intercalando una Salve cada cien y concluyendo con siete veces el himno Ave Maris Stella. Más allá del número de oraciones, esta práctica expresa el deseo de revestirse espiritualmente de las virtudes de María y de permanecer continuamente bajo su protección maternal.
Las crónicas conservan también el recuerdo de varias gracias místicas que acompañaron su camino espiritual. En la solemnidad de la Navidad experimentaba la alegría de recibir al Niño Jesús en sus brazos de manos de la Virgen; en la Pascua contemplaba a Cristo resucitado, que la coronaba con una guirnalda de flores como signo de la victoria de la vida sobre la muerte. Estas experiencias fueron el fruto de una existencia enteramente centrada en el Evangelio.
La beata Juana murió en 1491, dejando tras de sí el recuerdo de una mujer sencilla, profundamente enamorada de Cristo y de su Madre. Su vida recuerda que la verdadera mística consiste en dejar que la oración transforme el corazón hasta hacerlo disponible para Dios y cercano a los hermanos. Esa es la auténtica "túnica de María": revestirse cada día de humildad, de pureza de intención y de una confianza ilimitada en el amor del Señor.
Oración colecta. Señor Dios nuestro, que la beata Juana, tu fiel esposa, encienda en nuestros corazones aquel fuego de tu amor que encendió, para gloria de tu Iglesia, en sus hermanas vírgenes. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
Oración sobre las ofrendas. Padre celestial, concédenos hacer nuestro el fruto de esta ofrenda, para que, imitando en su penitencia a la beata Juana, libres de la decrepitud del hombre viejo, recomencemos una vida nueva en continuo progreso espiritual. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
Oración después de la comunión. Padre santo, que la comunión del Cuerpo de tu Hijo nos aparte de las cosas caducas, para que, a ejemplo de la beata Juana, crezcamos, a lo largo de la vida, en caridad sincera y podamos gozar en el cielo de la visión eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Gracias por tanto recibido.
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