Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

sábado, 6 de junio de 2026

LA EUCARISTÍA, MISTERIO DE PRESENCIA Y DE ESPERANZA


«Este es el sacramento de nuestra fe». Con estas palabras, pronunciadas en el corazón de la misa, la Iglesia proclama que la eucaristía no es un rito más entre otros, sino la fuente y la cumbre de toda la vida cristiana. En ella se resume el misterio de Cristo muerto y resucitado, entregado por nosotros y presente para siempre en medio de su pueblo.

A la invitación del sacerdote respondemos: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección; ¡ven, Señor Jesús!». Esta aclamación une el pasado, el presente y el futuro. La eucaristía nace del recuerdo agradecido de la Pascua del Señor, actualiza sacramentalmente su presencia entre nosotros y abre nuestro corazón a la esperanza de su retorno glorioso. Cada misa está sostenida entre esas dos venidas de Cristo: la de Belén y el Calvario, en la humildad de la carne, y la de la manifestación final de su gloria.

Por eso, la eucaristía es memoria viva y anticipación del cielo. El mismo Jesús que nació de María, que anduvo por los caminos de Galilea, que murió y resucitó, es quien se hace realmente presente bajo las especies humildes del pan y del vino, para alimentar a su Iglesia. Allí está Cristo entero, ofreciendo su vida al mundo y comunicándonos la comunión con el Padre en el Espíritu Santo.

Sin embargo, este misterio no se percibe con los ojos del cuerpo. Solo puede ser acogido por la fe. Aquí resuenan con especial fuerza los versos de san Juan de la Cruz: «¡Qué bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche!». El santo carmelita expresa la certeza de quien conoce, en medio de la oscuridad, la fuente de la vida verdadera. Aunque nuestros sentidos no alcanzan a comprender plenamente el misterio, la fe reconoce la presencia escondida de Dios.

En uno de los momentos más bellos de su poema, afirma: «Aquesta eterna fuente está escondida en este vivo pan por darnos vida». El Dios inaccesible se hace cercano; el Invisible se deja encontrar en el sacramento. Ya no se trata de «aquella» fuente lejana e incomprensible, sino de «esta» fuente que se entrega humildemente como alimento. El Señor se oculta bajo las apariencias sencillas del pan para permanecer con nosotros y saciar el hambre más profunda del corazón humano.

La eucaristía es, así, la pregustación de la vida eterna. Todavía caminamos «de noche», sostenidos por la fe, pero ya participamos del amor y de la intimidad de Dios. En cada comunión, Cristo mismo se nos entrega como pan de vida y nos hace partícipes de su misterio pascual. Por eso, quien ha encontrado esta fuente puede repetir con gozo y confianza: «Aquesta eterna fuente que deseo en este pan de vida yo la veo, aunque es de noche».

Oración. Señor Jesús, pan vivo bajado del cielo, aumenta nuestra fe para reconocerte presente en la eucaristía y haz que, alimentados con tu amor, caminemos hacia la vida eterna, a pesar de la oscuridad que muchas veces nos rodea. Amén.

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