La solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús corona, de algún modo, el camino iniciado en la Pascua y prolongado en las grandes fiestas que hemos celebrado en estas semanas: Pentecostés, la Santísima Trinidad y el Corpus Christi. Después de contemplar el don del Espíritu, el misterio del Dios uno y trino y la presencia real de Cristo en la Eucaristía, la Iglesia dirige ahora su mirada al corazón mismo del Redentor, fuente inagotable de amor.
Para acercarnos al significado de esta fiesta, podemos meditar una expresión que atraviesa toda la Sagrada Escritura y que resume admirablemente el modo de actuar de Dios: «El Señor es compasivo y misericordioso» (Sal 103 [102],8). Estas palabras no son una fórmula poética ni una idea abstracta. Revelan la verdad más profunda del corazón de Dios, manifestada plenamente en Jesucristo.
La compasión significa literalmente «padecer con». El que es compasivo sabe ponerse en el lugar del otro, comparte su dolor y no permanece indiferente ante el sufrimiento ajeno. En la tradición bíblica, esta actitud no se queda en un sentimiento pasajero, sino que se traduce en decisiones concretas: ayudar, perdonar, sostener, levantar al caído. La compasión es un amor pensado y asumido, una voluntad firme de hacer el bien.
La misericordia, en cambio, nos conduce todavía más adentro del misterio divino. La palabra bíblica usada con frecuencia para expresarla alude a las entrañas maternas, al vínculo profundo y natural que une a una madre con su hijo. Se trata de un amor entrañable, espontáneo, gratuito, imposible de explicar del todo. No nace de un razonamiento, sino de lo más hondo del ser. Dios no ama y perdona porque nosotros lo merezcamos, sino porque su corazón no puede dejar de amar.
En Jesús vemos unidas perfectamente estas dos dimensiones. Él se conmueve ante el dolor humano, sana a los enfermos, perdona a los pecadores, alimenta a las multitudes y consuela a los afligidos. Su amor brota de una profundidad insondable, como un manantial que nunca se agota. El corazón traspasado de Cristo en la cruz es la gran revelación de esta compasión y de esta misericordia divinas.
Contemplando el Sagrado Corazón comprendemos que Dios no nos trata según nuestros pecados, sino según la inmensidad de su amor. Él nos conoce plenamente y, aun así, nos sigue amando con ternura infinita. Por eso, también nosotros estamos llamados a aprender de su corazón: a mirar con compasión, a perdonar con misericordia y a vivir desde el amor.
Bendito sea Cristo, cuyo corazón permanece siempre abierto para nosotros. Amén.

No hay comentarios:
Publicar un comentario