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martes, 2 de junio de 2026

¿QUÉ CELEBRAMOS EN EL CORPUS CHISTI? Historia y significado de la fiesta


La fiesta del «Corpus Christi», llamada en la liturgia «solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo», nos invita a contemplar y adorar el gran misterio de la presencia real de Jesús en la Eucaristía. Después de la solemnidad la Santísima Trinidad y antes de la del Sagrado Corazón de Jesús, la Iglesia dirige su mirada al sacramento en el que Cristo continúa entregándose a su pueblo como alimento de vida eterna.

El papa Benedicto XVI recordaba que estas tres solemnidades resumen todo el misterio cristiano: la Trinidad revela quién es Dios; el Corpus Christi manifiesta el don de Cristo en la Eucaristía; y la fiesta del Sagrado Corazón nos introduce en el amor con que el Señor se entrega por nosotros. Todo brota del mismo misterio de salvación: la encarnación, muerte, resurrección y glorificación de Jesucristo.

La fiesta del Corpus Christi nació en la Edad Media, en un contexto de creciente devoción al Santísimo Sacramento y como respuesta a quienes negaban la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Fue celebrada por primera vez en Lieja en 1246, gracias al impulso de la beata Juliana de Cornillón, y el papa Urbano IV la extendió a toda la Iglesia latina en 1264, influido también por el milagro eucarístico de Bolsena. Para esta celebración, santo Tomás de Aquino compuso los himnos y textos litúrgicos, algunos de los más bellos de la tradición cristiana.

Con el paso del tiempo, la procesión del Corpus adquirió enorme importancia popular. Especialmente después del Concilio de Trento, se convirtió en una manifestación pública de fe en la presencia eucarística de Cristo. En muchos lugares se conoce todavía hoy simplemente como «la fiesta del Señor».

La liturgia actual presenta la Eucaristía como memorial de la pasión del Señor, vínculo de comunión entre los fieles y anticipo del banquete eterno. No se trata solo de recordar un acontecimiento pasado, sino de reconocer que Cristo sigue presente y actuante en medio de su Iglesia. Él se hace pan para alimentar nuestra vida y sostener nuestro camino.

Esta solemnidad está íntimamente unida al Jueves Santo, aunque celebrada ahora a la luz de la resurrección. Jesús, que entregó su cuerpo y derramó su sangre en la cruz, permanece para siempre como «Pan vivo bajado del cielo». La Eucaristía es el fruto de la Pascua y el don del Espíritu Santo a la Iglesia.

Benedicto XVI enseñaba que el sentido profundo de esta fiesta se expresa en tres gestos fundamentales: reunirse en torno al altar para celebrar la misa, caminar con el Señor en la procesión y adorarlo de rodillas en el silencio de la fe. Así, el Corpus Christi se convierte en una gran confesión pública de amor y gratitud hacia Cristo, que continúa amándonos «hasta el extremo» en el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre.

Resumen de algunas páginas de mi libro Eduardo Sanz de Miguel, "La fe celebrada. Historia, teología y espiritualidad del año litúrgico en los escritos de Benedicto XVI". Burgos 2012.

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