La secuencia pascual, compuesta en latín hace unos mil años, es uno de los himnos más bellos y profundos de la liturgia. No es solo un poema que recuerda la resurrección de Cristo. Cuando la Iglesia lo canta en las fiestas de Pascua, el misterio que proclama se hace presente. La liturgia no se limita a hablar de la Pascua: nos introduce en ella.
Desde la primera estrofa aparece el corazón de la fe cristiana: Cristo es la Víctima de la Pascua, el Cordero sin pecado que entrega su vida para salvar a las ovejas. La cruz no es un fracaso que luego la resurrección corrige. Es el momento en que el amor llega hasta el extremo. El inocente carga con el pecado del mundo para reconciliar a los culpables con Dios. En esa entrega se revela el amor de Dios que entra en la historia humana y la transforma desde dentro.
El poema avanza con una imagen llena de fuerza: «Lucharon vida y muerte en singular batalla». La Pascua aparece como un combate decisivo. Pero el desenlace es sorprendente: el que muere es precisamente la Vida misma. Y, sin embargo, esa muerte se convierte en victoria. Al atravesar la muerte, Cristo la ha vencido desde dentro. Por eso la resurrección no es simplemente volver a la vida anterior; es el comienzo de algo totalmente nuevo. Con Cristo empieza una nueva creación, una humanidad renovada por la vida de Dios.
En el centro del himno aparece un pequeño diálogo lleno de sencillez: «¿Qué has visto de camino, María, en la mañana?» La Iglesia pregunta a María Magdalena, la primera testigo del Resucitado. Su respuesta no es una explicación complicada, sino una experiencia: el sepulcro vacío, los ángeles, y sobre todo Cristo vivo. Por eso su testimonio se convierte en un grito de fe: «¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!» La resurrección no es solo una idea; es el encuentro con una persona viva.
Después, toda la comunidad creyente hace su propia confesión: «Sabemos por tu gracia que estás resucitado». La fe ya no pertenece solo a los primeros testigos. La Iglesia la proclama hoy porque el Señor resucitado sigue presente en medio de su pueblo, especialmente en la eucaristía.
El himno termina con una súplica humilde: «Rey vencedor, apiádate… y da a tus fieles parte en tu victoria». Quien canta estas palabras reconoce que el mundo sigue marcado por el sufrimiento y la muerte. Pero ahora lo hace desde la esperanza: la victoria de Cristo ya ha comenzado y un día se manifestará plenamente.
Así, esta antigua secuencia es mucho más que una joya de la poesía medieval. En pocas estrofas proclama todo el evangelio: el Cordero inmolado vive, la muerte ha sido vencida y la vida nueva del Resucitado se abre para todos. Cada vez que la Iglesia la canta, la alegría de la Pascua vuelve a resonar en medio del mundo.
Ofrezcan los cristianos
ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima
propicia de la Pascua.
Cordero sin pecado
que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables
unió con nueva alianza.
Lucharon vida y muerte
en singular batalla
y, muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta.
¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?
A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,
los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!
Venid a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí veréis los suyos
la gloria de la Pascua.
Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia
que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.
Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa. Amén. Aleluya.

Este hno es bellisimo padre Eduardo. Por favor siga sus comentariodcomentarioscomentando
ResponderEliminarGracias Padre Eduardo!
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