Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

lunes, 14 de septiembre de 2026

EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ (14 de septiembre)


Hoy celebramos la fiesta de la EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ. Esto supone una sorprendente paradoja: exaltamos aquello que, a los ojos del mundo, representa humillación, fracaso y muerte. Pero nosotros sabemos que en la cruz de Cristo el amor ha llegado hasta el extremo y, precisamente allí, donde parecía que todo terminaba, comenzó la vida nueva.

La cruz de Cristo no es solamente algo que contemplamos desde lejos. Hay también una cruz que cada uno de nosotros está llamado a llevar. Y quizá convenga recordarlo con sencillez: la cruz que no nos va bien es precisamente nuestra cruz.

Nosotros querríamos una cruz razonable, proporcionada, adaptada a nuestras fuerzas y compatible con nuestros proyectos. Pero Dios no suele ajustarse a nuestras medidas. La cruz llega cuando no la esperamos: una enfermedad, una pérdida, una decepción, una incomprensión, una soledad, una herida que no conseguimos olvidar. Y nuestra primera reacción es preguntarnos por qué precisamente a nosotros.

También Jesús quiso apartar de sí el cáliz. En Getsemaní experimentó la angustia y el abandono: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42). La cruz tampoco a él le «venía bien». Pero en ella se entregó enteramente al Padre.

Aquí comienza el camino místico. La cruz no es solamente algo que sufrimos; puede convertirse en el lugar donde aprendemos a abandonarnos en Dios. Santa Teresa de Jesús enseña que la oración no consiste en buscar experiencias extraordinarias, sino en crecer en amistad con aquel que sabemos que nos ama. Y esa amistad se prueba especialmente cuando Dios permite que atravesemos caminos que no habíamos elegido.

San Juan de la Cruz nos recuerda que para llegar a la unión con Dios hay que pasar por la «noche», por ese desasimiento en el que poco a poco dejamos de apoyarnos en nuestras seguridades para aprender a apoyarnos solamente en Dios. La noche duele porque nos quita apoyos, pero también purifica la mirada y ensancha el corazón.

Cuando llegua la cruz, no siempre podemos comprenderla. La fe no significa entenderlo todo; significa fiarnos de Dios, porque él sabe mejor que nosotros lo que nos conviene. Aunque nosotros caminemos a oscuras, Dios no camina a oscuras. Aunque no veamos el camino, él sí lo ve. Y podemos poner nuestra mano en la suya.

Quizá algún día descubramos que aquello que queríamos evitar fue precisamente el lugar donde Dios nos esperaba. La herida se convirtió en puerta; la noche, en camino; la pobreza, en libertad; la cruz, en encuentro.

No busquemos la cruz por sí misma. Busquemos a Cristo. Y cuando la cruz aparezca en nuestro camino, abracémosla con él. Porque la cruz cristiana no termina en el Calvario: conduce a la Pascua.

No importa tanto que la cruz esté hecha a nuestra medida. Lo verdaderamente importante es que, llevándola con Cristo, nosotros lleguemos a ser a la medida de su amor.

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