Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

martes, 3 de julio de 2018

Blanca flor del Carmelo, vid en racimo


Este himno mariano, propio de la tradición carmelitana, condensa en un rico lenguaje bíblico y poético la espiritualidad de la Orden. En él, la Virgen María es contemplada con imágenes tomadas de la Sagrada Escritura y de la liturgia: flor del Carmelo, vid fecunda, estrella del mar, azucena inmaculada, nueva Judit y puerta del paraíso. Cada estrofa expresa la confianza filial de los y las carmelitas en aquella que consideramos Madre, Hermana y Reina de nuestra familia religiosa. Al invocarla como guía en las noches oscuras y protectora bajo el santo escapulario, el himno recuerda que María acompaña el camino de los creyentes hasta conducirlos al encuentro definitivo con Cristo.

Blanca flor del Carmelo,
vid en racimo,
celeste claridad,
puro prodigio
al ser, a una,
Madre de Dios y Virgen:
¡Virgen fecunda!

Madre, que florecida
del Enmanuel,
atesoras intacta
la doncellez;
estrella, guía
de los rumbos del mar,
sénos propicia.

Vástago de Jesé,
vara profética
que el Hijo del Altísimo
das en cosecha;
Madre, consiente
que vivamos contigo
ahora y siempre.

Azucena que brotas
inmaculada
y te yergues señera
entre las zarzas;
devuelve, Virgen,
nuestra frágil arcilla
a su alto origen.

Ponnos, nueva Judit,
para la lucha
tu santo Escapulario
como armadura;
con tu vestido
cantaremos victoria
del enemigo.

Bajo noches oscuras
navega el alma,
enciende tú los rayos
de la esperanza,
y sé el lucero
que lleve nuestra nave,
segura al puerto.

Señora, desde siempre
los carmelitas
nos tenemos por hijos
de tu familia,
y confiamos
que un día nos acojas
en tu regazo.

María, puerta y llave
del paraíso,
queremos desatarnos
y estar con Cristo;
si tú nos abres,
reinaremos allí
con tu Hijo, ¡Madre! Amén.

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