Artabán era un estudioso de las estrellas. Cuando apareció una especialmente luminosa, comprendió que anunciaba el nacimiento de alguien único, digno de ser buscado. Vendió sus posesiones y con el dinero compró tres regalos preciosos (un zafiro, un rubí y una perla) y partió para encontrarse con Melchor, Gaspar y Baltasar. Pero el camino, como sucede a menudo, no fue recto ni rápido.
A pocos pasos del encuentro, Artabán se detuvo para auxiliar a un hombre malherido y desnudo, abandonado por los ladrones. Le salvó la vida y le entregó el zafiro para pagar los gastos de su recuperación. Esto le hizo llegar tarde. La estrella seguía brillando, pero sus compañeros ya no estaban.
Desde ese momento, la vida de Artabán fue una larga búsqueda. En Belén no encontró al Niño, sino el horror de la matanza de los inocentes. Allí entregó el rubí para salvar a un pequeño, y por ello acabó encarcelado durante más de treinta años.
Cuando, por fin, fue liberado, en Jerusalén, gastó su último regalo (la preciosa perla) para rescatar a una joven vendida como esclava. Ya no tenía nada que ofrecer. Era un pobre anciano cercano a la muerte, que había gastado su vida y, aparentemente, no había logrado su objetivo.
Y, sin embargo, fue entonces cuando llegó. En el Gólgota, mientras la tierra temblaba y el Crucificado entregaba el espíritu, Artabán comprendió. Aquel a quien había buscado desde la noche de Belén se le revelaba ahora con palabras que iluminaban toda su historia: «Lo que hiciste por mis hermanos más pequeños, a mí me lo hiciste». No había perdido la estrella; había aprendido a seguirla de otro modo.
La leyenda dice que Artabán se distrajo, que se separó, que quiso ir más deprisa. Pero quizá no se perdió: fue conducido por caminos más largos, más hondos, más verdaderos. Tuvo que desprenderse de falsas seguridades (riqueza, prestigio, juventud) para aprender a ver como los pastores, con un corazón sencillo. La estrella no desapareció; él tuvo que vaciarse para volver a verla.
Artabán buscó a Cristo durante treinta y tres años, como tantos hombres y mujeres que llegan tarde según los relojes, pero a tiempo según Dios. Lo encontró donde el amor se da del todo. Como María Magdalena, supo reconocerle porque llevaba mucho tiempo buscándolo, incluso sin saberlo.
Artabán no llegó con cofres abiertos ni con honores. Llegó con las manos vacías y el corazón lleno. Y eso bastó. Finalmente, pudo morir en paz.
Quizá su historia sea también la nuestra: perder la estrella, caminar a oscuras, aprender a amar, y descubrir al final que nunca estuvimos fuera del camino. Porque, en todos nuestros caminos, si pensamos en él, él allana nuestras sendas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario