domingo, 22 de marzo de 2026

ANTONIO MACHADO CANTA A LA PRIMAVERA, la estación de las flores y el amor


La primavera está comenzando en el hemisferio norte. Antonio Machado dedicó muchos poemas hermosos a esta estación. Aquí recojo algunos textos suyos:

El primero expresa el asombro ante el renacer de la naturaleza. Machado capta la irrupción casi misteriosa de la primavera, que llega sin explicación, como un don gratuito. Las “aleluyas blancas” de los zarzales evocan una alegría sencilla y luminosa, como si la naturaleza entera entonara un canto pascual de vida nueva:

"La primavera ha venido.
Nadie sabe cómo ha sido.
La primavera ha venido.
¡Aleluyas blancas
de los zarzales floridos!"

El segundo afirma que la primavera transforma el paisaje rural en un espacio de armonía y esperanza. El campo frío se llena de gracia y movimiento, y los caminos que conducen al río sugieren una espera amorosa. Poco a poco el paisaje se vuelve interior: el poeta descubre que la primavera del campo refleja el despertar del amor en su propio corazón:

"Nubes, sol, prado verde y caserío
en la loma, revueltos. Primavera
puso en el aire de este campo frío
la gracia de sus chopos de ribera.
Los caminos del valle van al río
y allí, junto al agua, amor espera.
¿Por ti se ha puesto el campo este atavío
de joven, oh invisible compañera?
¿Y ese perfume del habar al viento?
¿Y esa primera blanca margarita?...
¿Tú me acompañas? En mi mano siento
doble latido; el corazón me grita,
que en las sienes me asorda el pensamiento:
eres tú quien florece y resucita".

Vamos con el tercero, un soneto en el que la primavera se convierte en imagen de la juventud y del amor humano. Los amantes aparecen “tejidos” con los mismos elementos de la naturaleza, participando de su energía vital. Pero el poema introduce una advertencia: la dulzura del presente es fugaz. El tiempo avanza como una pantera acechante, recordando que toda plenitud debe vivirse antes de que llegue su ocaso:

"Tejidos sois de primavera, amantes,
de tierra y agua y viento y sol tejidos.
La sierra en vuestros pechos jadeantes,
en los ojos los campos florecidos.

Pasead vuestra mutua primavera,
y aun bebed, sin temor, la dulce leche
que os brinda hoy la lúbrica pantera,
antes que, torva, en el camino aceche

Caminad, cuando el eje del planeta
se vence hacia el solsticio de verano,
verde el almendro y mustia la violeta,

cerca la sed y el hontanar cercano,
hacia la tarde del amor, completa,
con la rosa de fuego en vuestra mano".

El cuarto poema presenta la primavera en un tono íntimo y recogido. Bajo la luna clara de marzo, dos personas trabajan juntas con silenciosa dedicación. Mientras el campo duerme, su labor humilde se llena de sentido gracias al amor compartido. Ella está bordando y él escribiendo (“hilo a hilo, letra a letra”). La primavera no está solo en el paisaje, sino en la delicadeza de esa comunión cotidiana:

"¡Luna llena, luna llena,
tan oronda, tan redonda
en esta noche serena
de marzo, panal de luz
que labran blancas abejas!
Alegre luna de marzo
tras el azul de la sierra.
Tú y yo, silenciosamente,
trabajamos, compañera,
en esta noche de marzo,
hilo a hilo, letra a letra,
¡con cuánto amor !
Mientras duerme
el campo de primavera".

En el último poema por hoy, el despertar primaveral del paisaje se entrelaza con una reflexión sobre la propia vida. La naturaleza rejuvenece suavemente, como besada por la primavera, pero ese renacer despierta en el poeta la memoria del tiempo perdido. Ante la juventud no vivida, surge una nostalgia serena que mezcla la belleza del presente con la melancolía del recuerdo:

"La primavera besaba
suavemente la arboleda,
y el verde nuevo brotaba
como una verde humareda.
Las nubes iban pasando
sobre el campo juvenil...
Yo vi en las hojas temblando
las frescas lluvias de abril.
Bajo ese almendro florido,
todo cargado de flor
—recordé—, yo he maldecido
mi juventud sin amor.
Hoy, en mitad de la vida,
me he parado a meditar...
¡Juventud nunca vivida,
quién te volviera a soñar!"

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